algunas primeras respuestas: perfume de estrellas

 

 

Amílcar Moretti. Abril 2013. Argentina.

Amílcar Moretti. Abril 2013. Argentina.

 

Ficción

 

                Sí, el tiempo. Eso es. Lo que el tiempo le hace a los hombres, a los humanos, digo.

                Además, ya te darás cuenta, hay una pérdida de la inocencia, inocencia que puede durar hasta larga edad, pero que en algún momento -sobre todo al salir de la pubertad y adolescencia- se quiebra, se pierde. Es una suerte de liviandad, de ligereza, de transparencia que un día te das cuenta que perdiste. 

                 

               Puede conservarse algo; de hecho, hay personas que, parece, conservan  esa ingenuidad (ver “La Strada”, la película de Federico Fellini). Algunos se hacen hijos de puta, cínicos, perversos, actúan su psicopatía, caen en depresiones, se congelan en la amargura. Se resienten, se hacen resentidos. Que es lo peor que te puede pasar como reacción ante la frustración o el fracaso. Otros lo procesamos mejor, sin grandes rencores, manteniendo la confianza en ciertas cosas del humano, que las tiene, claro que sí, como la gratitud.

 

                 Y después está lo que puede ser central: la Muerte. En algún momento te das cuenta que el asunto se acaba, que tenés un tiempo, que hay un plazo, y que contra eso no se puede. Y te entra la conciencia de lo Perdido. Lo perdido, lo que no volverá, lo que no podrá ser ya nunca más. Cierto que puede pesar más lo logrado (en sentido interior, afectivo, emocional) pero hay ciertas cosas que no tienen doble vuelta. En general, me parece, sucede cuando comenzás a ver que se mueren los que están alrededor tuyo, de tu misma edad.

 

                   Entre las dos cosas, la pérdida de la inocencia y la muerte, te das cuenta de que, si es que hubo Paraíso, el paraíso se perdió. Algunos dicen que el paraíso está adelante. No sé. Creo que está atrás, en el pasado, y hasta quizás nunca estuviste en él, pero hay algo que identificás como Tú Paraíso. Una noche de verano con cielo de estrellas hablando con un amigo a los 15 años, sentado en el cordón de una esquina. A mí, por ejemplo, me vuelve eso. O las noches de verano cuando mi viejo nos compraba helados sentados en la puerta de casa, en el pueblo, buscando el fresco y alivio de la brisa. O a los 20 haciendo el amor en el césped otra noche de verano, y quedándote a ver cuándo “caía una estrella”. Algunas cosas, no graves quizás, que hiciste mal. Un hermano que ves que se muere y vos no diste lo que tenías que dar, o que suponés que tendrías que haber dado, o que no te diste cuenta.

 

                 Y muchas de esas cosas, en mi caso, se identifican con temas musicales, ejecutados por músicos o cantantes que fueron bellos y jóvenes y talentosos y hoy nadie los recuerda. Ciertas cosas que te gustaría haber hecho, o que soñaste con hacer, y no las hiciste por X motivo y que ahora ves que son solo pasado. 

 

                Si lloro. Claro que lloro, sollozo, sobre todo a la madrugada, cuando estoy escribiendo y escucho un tema que me retrotrae muchos años. Quizás temas que no eran de mi generación, que eran anteriores, pero que igual me ubican en lugares y tiempos que no tendré más. 

 

               Ya no me atrapa la melancolía, ya no. No me hace prisionero, ni me deprimo. Ya no. Pero sí a veces dejo que el dulce amargo dolorcito fluya. No el dolor de una tragedia. Es dolor por mí. Lloro por mí, creo. Quizás tenga suerte, mucha suerte: no lloro por grandes tragedias, como un hijo desaparecido. Eso debe ser insoportable. Eso es dolor. Yo escribo esto ahora y se me caen las lágrimas. Pero dentro de un rato estoy repuesto y sigo con la escritura y la reflexión. Lo de atrás no vuelve. Puede haber otra cosa, mejor quizás, pero lo de atrás no hecho no vuelve. En algún momento te das cuenta. Un viejo maestro intelectual mío, Rubén, socialista, maestro de pensamiento, me decía -algo que siempre repito- así: “Hasta los 30 años te perdonan, Después no, tenés que pagar un precio cada vez más alto.” Y agrego yo: y para no morirte de dolor o bronca tenés que aprender a manejar ese precio, luchar con el, y compensar con otras cosas para que no te quiebre. Lo optimistas de verdad, realistas, son los que dicen (como el viejo Hem): “Al hombre se lo puede destruir, pero no derrotar.”

 

               No sé si está claro. 

             Es lo que siento, te cuento a vos,  que me hacés decir cosas para el lagrimeo sentido.

 

            No releo esto ni he corregido.

           Y una pavada: últimamente me hacen llorar hermosos temas de bossa que descubrí cuando la bossa nació, y que aún suenan tan bien. Me recuerdan las noches de verano, la piel dulce de alguna piba que ahora quizás ya no esté. O no estoy yo. Ese perfume de las noches de verano. 

             Hoy también hubo sol. 

 

             Se notaba ya hoy a la madrugada: a las 3  sentí perfume de estrellas en la calle. Salí, ví las estrellas. Y sentí su rico y viejo perfume. Perfume de estrellas. Lo digo muy en serio. Lo sentí. Stardust. Es el perfume del polvo de estrellas y de los ríos de luna. Me acongojó también un momento, pero pudo más el perfume. 

AMÍLCAR MORETTI
(a 60.kms. de Buenos Aires Ciudad, Argentina)

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