LLUVIA COPIOSA Y PROLONGADA, TORMENTA DE VÍCTIMAS CON SENTENCIA PREVIA AL AGUA DEL CIELO

 

Escribe

AMÍLCAR MORETTI

Jueves 4 de abril del 2013. Medianoche
La Plata (a 60 kms. al sur de Buenos Aires)
ARGENTINA

 

                          Amilcar Moretti. (BLOG) oct. 2012 PA010073La lluvia y tormenta en una ciudad de un millón de habitantes. ¿50 muertos? Es como un dato de inquietud generalizada. En 130 años de existencia, nunca había sucedido algo igual. En pocas horas de una jornada cayó agua con tanta intensidad y acumulación que gran parte de la ciudad, literal, rebalsó, o bien un buen sector del casco urbano-centro, periferias- quedó anegado por hasta dos metros de agua y murieron más de 50 personas, con 20 desaparecidos que -se teme- aumentará la cifra de decesos. El hecho – ¿fenómeno? ¿fenómeno de la naturaleza?- produce algo incierto, sin que se pueda definir bien qué es, en qué consiste, por qué sucede. O mejor: ¿por qué sucedió?

             Por algo no del todo comprensible aún, a poco más de veinticuatro horas de lo acontecido,  no se puede -no puedo- definir bien qué es, qué fue, qué sucedió. Por un lado, hay algo muy real (los muertos, ¡tantos muertos!) y por otro algo que no  cierra del todo, que es costoso hacer cerrar con una explicación “científica”, técnica que explique con claridad y certeza la razón por la cual zonas que nunca habían sufrido anegamiento -o al menos subida urbana de aguas de tal magnitud- se vieron afectadas por el “tsunami”, como les ha dado por decir a algunas voces. La respuesta más fácil es: “El agua”. Tal volumen de agua acumulado en poco tiempo, con una intensidad y fuerza poco habituales.

          El agua. Sí, el agua, claro, por supuesto. Pero no cierra, no conforma. El agua, tanta cantidad de agua. Falta algo, siento, pienso que no fue únicamente el agua. Acaso sea solo que las grandes desgracias no cierran del todo cuando lo rozan a uno. Si te tocan directo, un ser querido arrastrado por el torrente no imaginable en una calle céntrica o de barrio residencial, el arrasamiento de una vivienda sólida, con desastre de todo su mobiliario, acontecimientos así te encogen de dolor y por un tiempo el padecimiento obtura cualquier intento intelectual. Es dolor y angustia y poco más. Casi, casi la nada, salvo el dolor.

         Pero cuando el cataclismo te roza solamente: es decir, cuando sucede en tu ciudad pero no te afecta de modo pleno con drama o tragedia, cuando el desastre sobreviene sin cálculo y uno tiene la “suerte” de no ser arrastrado hacia la negrura llena de agua barrosa, entonces la incertidumbre, la duda, el desconcierto, la sensación de fragilidad y la inquietud sin explicaciones que conformen (y no me refiero aquí al “detalle” de la muerte, de la “ejecución” inesperada, o a la destrucción material) adquieren la forma de un vacío en el que nada cabe o en el entra todo. Se pierde  la dimensión, asedia la descreencia, el “secularismo”  y ese relativismo que tanto preocupan a las principales instituciones religiosas corporativas. Es algo así como esa canción de Joan Manoel Serrat, “Toca madera”, compuesta cuando todavía España podía ilusionarse con un retazo de burbuja: “recuerda que pisar mierda trae buena suerte”. Si es así, bueno estamos entonces, no solo aquí sino en muchos lados. Desde ese punto de vista es  como que la ciudad de un millón de habitantes hubiera ingresado de una patada en el culo en el clima mundial expulsivo del que llamaban Primer Mundo.

               Si una gran ciudad se inunda, es como Nueva Orleans y Katrina en agosto del 2005.  Es cuando con fatalismo de habitante popular y milenarista surgen quienes comienzan a repetir sin énfasis, como algo inevitable, ontológico: “Es el castigo de dios por lo que el hombre le hace a la Tierra”. Primero suena simplista y primitivo, casi mágico o fundamentalista, animista (cuando las cosas inermes de la tierra adquieren vida). Después, si se lo piensa desde un perfil distante de la obtusa  mirada de la izquierda paleolítica, esa “explicación” religioso-milenarista pasa de reaccionaria y oscurantista a tener aspectos iluministas, racionales, clarificantes, si se los toma como elucidación de los fenómenos de la naturaleza mezclados con las eventualidades materiales y concretas generadas por la cultura, es decir, por el hombre. Veamos.

          El desastre Katrina del 2005 después fue pasado a llamarse Katy, más que nada para contribuir al olvido del huracán más intenso entre los cinco o seis que azotaron a Estados Unidos en su historia y al océano Atlántico, y sobre todo por la catástrofe financiera, económica y poblacional más grande en territorio norteamericano. En la ciudad más grande afectada, Nueva Orleans, el 80 por ciento del millón trescientos mil habitantes  del área metropolitana (la ciudad en sí tenía 400 mil ciudadanos, ahora reducidos a la mitad) fue evacuada tras anegarse el 80 por ciento del casco urbano. Una gran parte no del todo cuantificada de esa población nunca regresó a sus casas y se dispersó por todo el país, sin que haya mayores precisiones públicas sobre esta especie de migración genocida que afectó sobre todo a los sectores más pobres y menos protegidos. La explicación “no explicativa ni explicada”, y menos clara aún es la “culpabilidad” del huracán, terrible por cierto. Pero en Nueva Orleans se destruyó todo el sistema de diques que había construido ingeniería del ejército y de los casi 2 mil muertos unos 1.600 fueron en Louisiana, cuya  ciudad principal  es justamente Nueva Orleans.

            Que “la naturaleza llueve”, a veces más, a veces menos, ya lo sabemos. También en ocasiones cae gran cantidad de agua, y en otras va a haber sequías. Aún es posible que diluvie, que llueva mucho días y días. Ha sucedido antes, volverá a suceder. Lo que no se había producido hasta ahora son las consecuencias dramáticas y de tragedia acaecidas. Se inundó lo que “no tenía que inundarse”, lo que nunca se había anegado, en la zona céntrica y los barrios de la periferia. Y en el medio, también. Se inundó casi todo, o gran parte, con agua hasta los 20, 50 centímetros, un metro, metro y medio, dos metros… ¡dos metros! El agua, claro, el agua. Demasiada agua, sí, y en poco tiempo, sí, claro, también. Pero no escurrió: en un lado porque las alcantarillas no fueron suficientes o se taparon; en otros sitios porque el arroyo cercano se desbordó; en otros puntos porque están en bajada y confluye el torrente de otros lugares más altos; en ciertos sitios porque son bajos, en otros porque estallaron los caños recolectores, porque hay mucho pavimento, porque esto, por lo otro. Porque llovió. Llovió muchísimo y se inundó muchísimo. Pero eso ya se sabía: cuando había llovido, antes, un poco menos, se anegó la ciudad un poco menos, y los muertos fueron “pocos”, uno, dos, “desgracias” apenas…

                No es la naturaleza. Sí, llueve porque la naturaleza, a veces, llueve o lleva implícito el fenómeno de que caiga agua desde el cielo. De nuevo, claro, sí, por supuesto. Pero si llueve en una ciudad superafaltada, una ciudad de cemento con los desagotes y cañerías pluviales desactualizados, insuficientes para la “modernidad” o en precario estado. Si llueve en una ciudad que en los últimos años ha crecido mucho y sin orden en materia de construcción de grandes y altísimas torres, por ejemplo en la zona céntrica y aledaños. Si el crecimiento de la economía -bienvenido, siempre- ha generado un impulso notable de la industria de la construcción (muy movilizador), pero sin control ni supervisión. Si el parque automotor aumentó en el lustro último de una manera fenomenal y desproporcionada porque al modelo de economía kirchnerista le va bien y viene en crecimiento y en el proceso de consumo general es ahora más fácil comprarse un auto nuevo. Si la industria del automóvil (800 mil unidades por año, un millón, y más) y casi la mitad de los coches se vende en el mercado interno. Si un frente de veinte o treinta metros en vez de presentar tres casas con 15 habitantes, cede lugar a un torre de 20 pisos con cuatro departamento por nivel y 350 habitantes. Si el sistema de desagüe pluvial y el sanitario se mezclan (es muy común que los desagotes de lluvia en vez de ir a la calle vayan al sistema cloacal). Si el sistema pluvial hecho para determinada estructura ciudadana con tal cantidad de inmuebles y habitantes y no para el doble o el triple. Si los espacios verdes (plazas) se achican o desaparecen, si los árboles son talados por los vecinos porque “ensucian” con sus hojas. Si el cemento está en todas partes y hay veredas sin siquiera las cazuelas obligatorias para el árbol del común frentista. Si todo eso se produce y se da junto, y se acumula durante años y años, es posible que si llueve un poco de más, o llueve mucho, o aún llueve más todavía, es posible, es probable, es casi seguro que la ciudad se va a anegar, y que los autos que no dejan correr el agua comiencen a flotar y que la gente con menos posibilidades y en zonas más alejadas, o simplemente desprevenida, es casi una garantía que se ahogue, que se muera, que sea ejecutada por una ciudad y el desequilibrio organizado de un sistema.

         Pero Ojo, esto de ahora no es de ahora. Si le buscamos razones y precedentes cercanos basta remitirse al menemato y a gran parte de lo que vino después. O crece para los pudientes, con lujosos edificios en  torre. O no se invierte en el bienestar público y comunitario, como es ampliar y ensanchar y renovar los sistemas cloacales y de desagote. O no hay prohibición de construir en determinados sitios, o de ingresar en auto -miles de autos- en determinadas zonas (esta última “prohibición” es típica en Nueva York, y pasa por ser una ciudad supermoderna y ultraliberal cosmopolita). O si se construye de manera extensiva sin planificación ni control. O no hay servicios públicos gratuitos para orientar a los menos favorecidos -que tienen derecho a su económica y digna vivienda-. Si los ricos hacen lo que quieren, la clase media idiota y consumista imita a los más ricos, y si los pobres hacen lo que pueden y como pueden y donde pueden, entonces la organización social-urbana comunitaria termina por convertirse en un reverendo caos, una urbanidad a cada momento a punto de colapsar. Caen dos, tres, diez o mil gotas de más, o un digno ciudadano va un día varias veces al baño por despeño diarreico, entonces, si todo eso junto, al mismo tiempo y en la misma ciudad, acumulado en años y décadas, entonces el aleteo de mariposas se convierte en un terremoto que no puede detenerse porque está hecho para que no se detenga, porque está hecho como para que llueva como si fuera la Final del Mundo, porque una ciudad también es susceptible de “ser llovida” pero si se inunda toda es porque algo -mucho, por mucho tiempo- falla y no sólo porque un día cayó mucha, pero muchísima agua.

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