LA CLASE MEDIA IDIOTA: jueves 8 noviembre o monos con peligrosa navaja

 

 

Escribe
AMÍLCAR MORETTI

Lunes 12 de noviembre 2012.
Argentina. La Plata.

 

 

 

                 Una cantidad de gente para tener muy en cuenta. ¿70 mil en el Obelisco, como dijo la policía Federal, que por tradición achica concentraciones? ¿500 mil como dijo la policía de Macri, que agranda porque coincide con la motivación política? No interesa demasiado: ¿250 mil quizás? De cualquier modo es un número de ciudadanos considerable, mucha gente para una protesta que tenía todas las seguridades de ser pacífica, sin represiones policiales ni provocaciones, como suele suceder en muchas expresiones similares de sectores más bajos en la escala social.

 

 

                   Esta del jueves 8  es militancia de gente que nunca activó en el espacio público, que siempre se redujo a sus pequeños territorios e intereses privados. Por eso se vieron, incluso, señoras de clase media, de noche ya, con anteojos de sol, a modo de antifaz.  Sonreían, gritaban, pero con el rostro a medio cubrir. Darán excusas sobre el miedo a ser “fichados” (no usan esta palabra) por la “dictadura de Cristina”. Ponen las cosas al revés: el fichaje de militantes o activistas pasaba y pasó siempre con la militancia de izquierda o popular, siempre víctima de ese procedimiento de identificación ilegal para posibles represalias en un futuro siempre incierto.    Las señoras mencionadas no saben que esa identificación hoy no existe por la sencilla de que no existe izquierda autoritaria significativa y la hay no tiene posibilidades ni aún remotas de hacerse del poder y disponer represalias. Esas señoras parece que se inventan fantásticos miedos para sentirse heroínas épicas de alguna revuelta social. 

 

 

 

             Pero importa otro asunto. Importa darse cuenta qué significa esa cantidad considerable de gente reunida y “opositora”, en verdad, “alterada” con el gobierno de la Señora Fernández de Kirchner. No vale, no alcanza la “descripción” que subestima al definirla como de “clase media”. Tampoco alcanza la calificación de “medio pelo”,  de inspiración jauretcheana.  Es descalificatoria y causa malestar. Además, los sucesos políticos y la conflictividad social -aún con claras motivaciones regresivas- no son tan simples como para reducirlos a conceptos que se parecen ya a rígidas “categorías”, con sus matices de verdad, claro, pero incompletas y sin eficacia. Por sobre todo, gran parte de la población argentina pertenece a la clase media, aspira a integrarse a ella o bien se maneja con sus valores más. Argentina, puede decirse aún, es un “país de clase media”, pese a la desindustrialización de la década del cavallo-menemismo que transformó a los obreros en pobres y desocupados así como también a buena parte de la pequeña burguesía de empleados. Mal que le pese a los “alterados” del día 8 esa recuperación y asentamiento de la clase media, nueva o veterana, se debe a las políticas de reactivación del ciclo kirchnerista al reiniciar la sustitución de importaciones y poner en ejecución otras medidas como, por ejemplo, la regulación en la compra de dólares que tanto saca de quicio al vulgo de  los clasemedieros.

 

 

 

 

           Para explicar -o restar trascendencia- a los concentrados el jueves 8 se ha señalado mucho la incidencia en ellos de la prédica e intención de los grandes medios de prensa. Es cierto: en los últimos años, unas semanas de campaña dirigida logra a veces efectos de penetración y formateo intensos en la “conciencia política”, o mejor, en la inexperiencia y vacío políticos e ideología no hecha aún relato en muchos grupos de clase media formados en el cavallo-menemismo.

            Por supuesto que se trata de una explicación que no pierde de vista una incidencia real y fuerte en  franjas de clase media despolitizada pero capaz de sumarse de modo apresurado y sorpresivo a propuestas a veces hasta inconvenientes para sus propios intereses, en general marcados por valores referidos a asuntos materiales, consumos e ingresos y lo que con estos últimos se puede o no comprar y viajar. Es claro que la prédica de la gran prensa y medios de comunicación, los más poderosos y concentrados, ejercicio de control bien estudiado y ya ensayado otras veces en Argentina y otros países, germina sobre presupuestos culturales e ideológicos ya dados aunque difusos, basados casi siempre en el desconocimiento, la desinformación, la información unilateral, el rumor, el armado de noticias sobre hechos falsos o incompletos, el prejuicio de clase, y el miedo, sobre todo el Miedo, más una cuota variable de fraccionamiento y atomización social, “egoísmo”, “mezquindad” social, peligrosas en sus posibles concreciones políticas.

 

           Pero hay, sin duda, algo más. Mucho más, aún no definido y menos bien visualizado. Los antecedentes, la historia, la evolución y las bases de esa actitud de movilización social garantizada y posible solo gracias a los procedimientos democráticos del ciclo kirchnerista, no se explican solo por la certeza de que la prensa es adversa y está en campaña política contra los gobiernos Kirchner, o bien por aquello de que “reaccionarios de derecha (o aún progresistas) va a haber siempre”. Aquí, en principio, lo central es reconocer la importancia de que no hegemonicen, que no se conviertan en definitorios. Es imprescindible que haya oposición, pero no solo conservadora y de derecha.

 

 

                 Se registra en el mundo y en el país un cambio de época, de tiempos y de ritmo, una transformación de reconformación social silenciosa, que acaso haga “ruido” por sus costados menos importantes y a la vez distractivos de la mirada analítica. Mucha atención con lo que hace mucho estruendo y no es central y con aquello otro que parece o se presenta furtivo y que no se  le reconoce el matiz crucial. No sólo “altera” a una clase media la gestión de la Presidenta. No es solo su tarea de reconstrucción de actividades y logros antes perdidos por simple entrega (a “comisión” o no). Hay mucho más, y más complejo que aún no brota del todo, o no se percibe claro. 

 

 

           El rechazo, tonto y trivial o bien de odio y resentimiento social puro que comienza a hacer público y activo una buena parte de pequeña burguesía sobre todo porteña, es una consecuencia sumatoria de los 30 mil desaparecidos de los años 70 y sus consecuencias en el inconsciente profundo de toda la población, le interese o no a cada individuo el tema. A eso hay que añadir la década del 90, con su idea de lograr el consentimiento y complicidad sobornada (el uno a uno, el segundo “deme dos” y la ilusión de pertenencia al “Primer Mundo”)  para dilapidar la riqueza argentina, saquear el capital público acumulado (empresas del Estado), y para la construcción de una conciencia deforme obsesiva y boba sobre que “Argentina es un país sin nada”.

                  También la repetición a modo de autojustificación frívola y a la defensiva de una supuesta corrupción generalizada, de la que se excluye el que repite. En muchos casos es una fórmula voceada por aquellos beneficiados por una economía que con Cavallo-Menem pudo implementarse a condición de altísimos grados de corrupción e impunidad (la deuda externa, por ejemplo), de la descalificación del trabajo argentino, la publicidad permanente contra la calidad de los productos argentinos, y la regresión a actividades económicas rentísticas, en especial vinculadas al campo: la agricultura cerealera y la ganadería a campo abierto, con toda esa acendrada tradición de explotaciones económicas con poca inversión y ultraganancias. Debe tenerse en cuenta que las tecnologizaciones en estas actividades privadas semi-rentísticas y no productivas -y menos aún reproductivas con efectos en otros sectores industriales-, en los últimos años pudieron  llevarse a cabo por inversión del Estado en tecnología innovadora o bien a cambio de quedar sin obligaciones de impuestos y aportes al Estado en proporción simétrica a las superganancias.

 

 

 

               Pero esta actitud en exclusivo beneficio propio de elites, sectores concentrados, fracciones de clase media alta y otros grupos vinculados en las actividades subsidiarias y complementarias de la recolección primaria y/o extractiva, ha terminado por forjar -con la simultaneidad indispensable de la televisión “entretenimiento”-  una forma de sentir y también de razonar de tipo retardatario y rústico, sin ampliaciones sociales, atomizado, lúmpen, desentendido e ignorante de lo colectivo.

              Lo que puede llegar a ser catastrófico principia en que dicho “modelo” autista e individualista, de habitante solitario de isla,  ha adquirido  características y naturaleza peculiares al contagiarse a un amplio espectro de clase media-media que apenas ve de reojo y a la lejanía los beneficios de ese modelo selectivo que sale a defender. Hasta parece comenzar a dar un “sentido de vida” a grupos medios que poco se benefician con el asentamiento de la “reoligarquización” a la antigua del país: esta naturaleza y comportamiento regresivos adquieren entonces potenciales que hay que tener muy en cuenta, para desentrañar, canalizar y neutralizar en democracia sus núcleos de inquietud, irregularidad, miedo y odio y rencor social de motivaciones perturbadas y efectos perturbadores. 

 

 

           Los “alterados” que se concentran en oportunidades como el pasado jueves 8 no están en el fondo tan alterados como hacen suponer y dicen con sus golpes a cacerolas y fuertes voces.  Serían los más precavidos en expresarse y los primeros en no salir a la calle si vivieran en una dictadura como las que ellos denuncian con ligereza de obnubilados por la novedad “chispeante” de imaginarse partícipes de la vida política. Es la primera vez que lo hacen, en su mayoría, y lo llevan a cabo como si debieran aprobar una asignatura pendiente, pero a la que solo se animan si es en libertad y democracia y tienen todas las garantías de que no van a ser molestados o impedidos de manera alguna. Nunca militaron en política: fueron indiferentes o consintieron dictaduras o procesos de derecha regresiva. En tal sentido, desde hace unos años han comenzado a reconocer que se han “sentido” carecientes, faltantes, disminuídos y parcializados en un país que siempre se caracterizó por sus apasionadas pujas políticas en ciclos constitucionales y en dictaduras, aún a costa de decenas de miles de asesinados.  Ahora, con tranquilidad, sin riegos parecen haber encontrado el momento de “comprometerse con la Patria”,pero no en lucha contra el Poder real, fáctico y hegemónico (al que ni siquiera imaginan) sino en confrontación ingenua, pero peligrosa y en consecuencia muy atendible, contra un Gobierno de medidas de reforma social y económica progresiva, gobierno que, por supuesto, no es el Poder. Un gobierno que lidia y discute con el Poder cuantas veces puede, en ocasiones con alto costo en padecimiento por el normal ejercicio de las funciones constitucionales.

                Clases medias idiotas que participan en el juego apasionante de la acción política pero como un esparcimiento más de los años 90, “a lo Tinelli”, como imitación frívola y agresiva de la militancia y acción pública. Del juego político apasionado y siempre sacrificado y riesgoso de la militancia seria han hecho un jueguito de distracción como reunión de sociabilidad, no contra el Poder sino a favor del Poder -es decir, sin peligros ni compromisos fuertes-, en contra del gobierno, que es apenas una parte de la autoridad elegida en voto libre que intenta mediar cada vez que puede entre los factores del Poder Real.

 

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