Mi querido Michael

 

 

 

 

 

 

 

Escribe
AMÍLCAR MORETTI

 

 

             Siempre sostuve contra colegas y aficionados que Michael Douglas es un buen actor de cine. Me han mirado con conmiseración, esa especie de compasión frente a la enfermedad terminal o el mal de alguien. Otras veces, decirlo y sostenerlo, argumentarlo, han suscitado la mirada descalificadora en la soberbia del otro, autocomplacencia ante la supuesta -la mía- ignorancia. 

 

 

           Y bueno, sí, Michael Douglas me parece que es buen actor de cine. Y cada vez más. A medida que pasa el tiempo tiene mejor máscara. Hasta diría que su enfermedad conocida le ha añadido una cuota más de dramatismo a su rostro cinefílico. Un actor de cine es, sobre todo, una máscara. Una máscara y una presencia y figura físicas, volumétricas, medibles en volumen escénico en la planicie y superficie de la pantalla grande. Un buen intérprete de cine es el que da volumen a la pantalla sin salirse de la bidimensional, el que la llena, el que completa la pantalla. No necesita siquiera ser un buen actor de teatro; aún más, no requiere saber “actuar” según reglas o principios del teatro en escenario. A veces, ese último entrenamiento es contraproducente, una verdadera contra, un auténtico lastre.

 

               El actor de cine es un tipo/a que no sólo puede hablar algo delante de una cámara sino que intuye cómo ubicarse delante de la cámara para decir o hacer algo. Por supuesto que, a más talentoso director, “más” talento en el actor.            Quiero decir: el mejor realizador (en materia de actores) es el que advierte al instante cómo ubicar al actor delante de la cámara, cómo iluminarlo, desde dónde mirarlo, qué espacio debe recorrer, qué palabras y en qué modo debe decirlas.

            El mejor director de cine (en cuanto a actores) es el que sabe qué intérprete-actuante le sirve y cuál no, y que además, en general entre los primeros, sabe qué le conviene y cómo piensa y se ubica el actor frente a la cámara. Un buen actuante es el que imagina con absoluta certeza cómo lo va a ver determinado público a través del rectángulo-ventana de la pantalla, cada espectador sentado en su butaca.

                Y eso es lo que sabe hacer Michael Douglas. Por supuesto que el viejo Kirk es superior, infinitamente superior. Pero Michael es su mejor alumno. Cierto es también que aprendió de a poco, desde aquellos capítulos televisivos de “Las calles de San Francisco”, pero en su caso ¡flor de aprendizaje! al lado del viejo y fallecido Karl Malden, capo absoluto -junto a otros- del Actor´s de Nueva York primeras camadas.

 

 

              Yo creo que Michael Douglas es un buen actor de cine, y que no muchos vivos hoy lo empardan. Hace poco hablé de similares calidades dramáticas en Marilyn Monroe. Monroe no tenía certeza de reglas escénicas teatrales, no al menos en gran parte de su carrera. Pero el personaje de ella en la pantalla no lo podía ni ha podido hacerlo otra. Sí, la suya eran una sustancia y volumen físico inimitables, pero consistían en la sensualidad carnosa de su cuerpo. Llenaba la pantalla, enceguecía al espectador que mirada por el rectángulo, pero no por sus tetas y su culo. Si fuera por eso cualquier chica bonita y pulposa sería buena actriz al modo de Marilyn. ¿Alberto Olmedo era buen actor? En términos de circo criollo y humor televisivo, en términos del rectángulo peculiar de la televisión, sí, el mejor hasta ahora en la tradición popular sin academias.

               Hace unos días una actriz joven,  muy expresiva ella, que hizo de modelo desnuda para mí en una sesión fotográfica casi casi se enojó conmigo, se indignó porque afirmé que Luisana Lopilato es una buena actriz. Sí, lo es. Lo creo así. Lopilato y su hermano -algo más “infradotado” desde la mirada de la formación académica- tienen esa cualidad corporal y anímica que los hace completar la pequeña pantalla del televisor en la comedia, el vodevil o el humor costumbrista. Hace unos años (creo en el 2005) ví un mediometraje dirigido por el realizador Diego Kaplan (“¿Sabés nadar?”) interpretado por Luisana Lopilato: sucede en el encierro de un departamento con piscina en el acotado espacio exterior y con la presencia de un teléfono que no funciona. Ella está sola, viste bikini (dato fundamental para la corporalidad de la actriz) y su entorno-escenario es una habitación del departamento, la piscina y el teléfono. Hace calor, es verano. No recuerdo la anécdota de la película (en realidad, confieso, nunca considero demasiado la anécdota para valorar un filme, sino cómo trata la misma, cómo la construye. No me importa tanto lo que sucede sino “cómo sucede”, como se la hace suceder, acontecer.)

             No recuerdo la anécdota  de “Teléfono descompuesto” pero sí recuerdo que Luisana Lopilato confiere sustancia y volumen a la pantalla y al relato, y no es sólo una cuestión de carnosidad sensual, que la tiene. Repito el replique: si fuera así cualquier tetona bonita sería buena actriz. Y no. No funciona de ese modo.

 

 

                  Esa imprecisa pavada conceptual que algunos llaman “ángel”, no es otra cosa que una manera óptima y espontánea de aparecer delante de la cámara y de moverse en el espacio que puede recorrer la misma, esa capacidad física que también constituye una capacidad dramática es la que tiene Lopilato. “Lo que pasa es que vos estás caliente con Lopilato”, me contesto casi rebajada mi modelo y actriz, ya vestida. Y no, no es eso, le respondí. No es esa la razón. Por supuesto que Luisana Lopilato me parece muy sensual, y bonita y alegre, despistadamente alegre. Alegre y vital (y no divertida, en su significado convencional actual). Hasta es posible que en ese sentido paqrezca o sea boba. Pero da bien.

            No hay en Argentina, al menos registrada por las cámaras de televisión, otra actriz, otra chica, otra figura sensual de mujer que combine la capacidad histriónica de Lopilato con su lindura y sexualidad abundante y feliz. No hay otras que recuerde, registrada por el rectángulo de la tevé, que combine su sensualidad -y más que nada lindura bobeta- con  cualidades “a lo Olmedo” de sanatear, con el no ocultamiento de la ausencia de cualidades académicas, y a la vez poder capitalizar esa ausencia para conformar una forma si no un estilo. El mejor ejército no es el mejor pertrechado sino el que guerrea mejor.  Y Michael Douglas, muchísimo más que la chica argentina, tiene eso. Por tal razón digo que el hijo del Gran Kirk es una buen actor, de cine.

Viernes 17 de agosto 2012. Argentina. Primeras horas de la madrugada.

 

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