Contagio y envilecimiento por efecto de una derecha política bruta y denigratoria de la condición humana: GESTIÓN MACRI

 

 

 

 

Escribe
AMÍLCAR MORETTI.

Domingo 12 de agosto 2012.
Argentina. La Plata.

 

                                                                                                                                                        

                                                                                                                                  Todo me indica que Macri debiera ser ignorado. Todo me hace razonar que no debiera ocupar espacio en mi pensamiento, sentir y emociones. Tal la insignificancia de su accionar político. Sin embargo, hay algo que me compele. La indisposición (1) inevitable que me produce escribir sobre la gestión de Macri como jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires es resultado del efecto estimulativo ejercido no sólo por la insistencia de sus críticos. Se trata más bien de las razones valiosas -referidas a acciones o ausencias lamentables y denigrantes del funcionario- expuestas en algunos pocos medios frente al apoyo desvergonzado e impúdico de los grandes diarios y televisoras privadas.

 

                 

                    ¿Pero, por qué me someto a dicha  indisposición? Sufro una consecuencia acumulativa sobre mi comportamiento escriturario, literario-periodístico. En este caso el proceso aflora como una compulsión a repetición. El personaje Macri, su presencia mediática y social publicitaria me resulta desagrable. Su existencia real como individuo me parece insustancial -aunque peligrosa- y su accionar (o inacción, manera ausente del ejercicio político, en algunos casos) exhibe un grado de envilecimiento cívico notorio, exhibido como virtud desde la instalación cultural menemo-cavallista de los años 90, despreciable y desgraciada.

            Si los actos, conductas, procedimientos, gestos y pensamientos implícitos y explícitos de Macri se mantuvieran limitados a su esfera privada no tendría nada que decir. Me bastaría con excluirlo, obviarlo de mi vida, pensamientos y emotividad. Esto mismo me resulta aún así una operación o ejercicio operatorio fatigosos. Expuesto y desarrollado en la vida pública su acción me produce la compulsión al malestar antedicha, que al hacerse escritura crítica por momentos no parece tanto el empleo de un derecho político democrático sino una indisposición antipática y fastidiosa en la que nadie debiera estar, o al menos no estar yo.

              Pero he ahí que, por las críticas, revelaciones y denuncias razonables ante la indignidad e inescrupulosidad públicas del nombrado, aún el periodista o ciudadano que quiere mantenerse ajeno a lo ingrato e insufrible macrista resulta implicado y complicado por lo que parece una forma de hacer política símil delictual y, aunque a veces con pretextos o coberturas legales, notablemente ilegítima.

             También, siempre concluyo que lo verdaderamente inquietante no es la existencia de ciudadanos con poder público con la formación del jefe de la CABA, sino que el 60 por ciento de la población haya insistido en votarlo en elecciones libres. Es como el voto mayoritario a Menem, a Berlusconi. Esas decisiones comiciales de gran parte de la ciudadanía, aún como modo de protesta frente al gobierno nacional, producen un profundo desánimo además de la perturbación lógica del razonamiento reflexivo.  Votar, consentir y aprobar lo inhumano (por ejemplo, dejar sin servicios básicos -calefacción en invierno- a hospitales psiquiátricos poblados de pacientes en situación frágil, en edificios ya con anterioridad en estado inconveniente) pone de manifiesto algo que va más allá de la brutalidad repugnante de la displicencia ante  conceptos como los de Humanidad y humanitario: se instala de manera identificable en la desaparición o desvanecimiento de ambas nociones. No se actúa sobre la miseria social, simplemente porque se entiende y siente que no existe algo llamado Humanidad.

          Eso produce -me produce- un alto grado de desasosiego, si es que existe algún grado más no sea mínimo de sensibilidad social en la mayoría de sus votantes, frente al sufriente o careciente, frente a la incomodidad natural mínima del mismo acto de vivir. Se hace incómodo y pesado tener que lidiar o escribir sobre un político con tal ausencia de sensibilidad, aunque sea abstracta y difusa, en materia de dignidad imprescindible para el reconocimiento de la condición humana básica.

          Es como que uno, por el solo hecho de referirse a ese vacío con registro de miseria moral y ética, prende en salpicón y contagio de envilecimiento. Esto, de algún modo, no debiera extrañar, aunque me produzca extrañeza. La última dictadura militar-civil se basó en esta implicación generalizada para ejecutar a la vista de todos la desaparición, violación sexual, tortura brutal y denigración de 30 mil o más ciudadanos de militancia opositora. El silencio mismo de la mayoría frente a la deleznable tragedia, resulta en una complicidad que miserabiliza, envilece, degrada e inhabilita en lo cívico aún a aquellos que hicieron esfuerzos por mantenerse aparte y distantes. No todos en Argentina durante (y antes) 1976-1983  son culpables ante la ley pero todos, o casi, resultaron salpicados por el estiércol, mierda pura de la ambigua y equívoca condición humana, por miedo, terror o lo que fuese.

                    Algo de ese orden inviste la gestión política de Macri en relación a la ciudadanía toda. Macri no es una individualidad de excepción surgida por azar o por obra de un caos inmanejable que  desresponsabiliza a todos. Macri es representante y resultado de una conformación social, de una parte importante de la sociedad, al menos la porteña. Que por añadidura, o centralmente, se lo haya elegido a conciencia y con libertad indica en el accionar profundo colectivo motivaciones e irracionalidad enfermas y perversas arraigadas de modo inquietante y peligroso.

 

(1) Segunda acepción del término: “desazón y quebranto leve y pasajero de la salud”. DRAE)

 

Domingo 12 de agosto 2012. Argentina.

 

 

Obra de Adam Tan, Nueva Zelanda.

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