ESE ESCOZOR QUE CADA TANTO PRODUCE LA SOLA PRESENCIA DE UNA MARILYN MONROE, LA MUJER QUE NINGÚN HOMBRE PUDO EVITAR QUE SE FUERA

 

 

 

 

 

Cine por TV

 

MARILYN: LA ESCENA-PANTALLA

 

 

Por
Amílcar Moretti

 

(Anticipo de la nota que el autor publica hoy domingo 5 de agosto en el diario EL DÍA, de la Argentina, en la ciudad de La Plata (capital de la provincia más importante, a 60 kms. al sur de Buenos Aires. http://www.eldia.com.ar)

 

 

 

       Los cincuenta años de la desaparición de Marilyn Monroe han motivado en la televisión de cable el previsible aunque bien recibido homenaje a la célebre estrella. En Estados Unidos, Monroe es, obviamente, una integrante central de la conciencia colectiva en materia de imaginario, es decir, deseos fantaseados y raíces ilusorias que conforman una particular manera de comprender y abordar al mundo.

 

      

          La señal TCM le dedica hoy domingo cinco películas con inclusión de la que quizás es la mejor entre las que participó Monroe, no tanto por su rol en ella –de cualquier modo creo que inimitable- sino por la calidad y profundidad del planteo, crítico y satírico, que desarrolló Billy Wilder en “La comezón del séptimo año”, obra superior de 1955. Presentada en pleno maccarthismo antiizquierdista y reaccionario durante la Guerra Fría, bajo el pretexto o bien el “vía libre” permitido por el género de comedia, se trata, en paradoja, de un demoledor cuestionamiento sobre el matrimonio heterosexual de la hoy  anacrónica, estallada  y remodelada familia “nuclear”.

 

 

          “La comezón del séptimo año” es un filme que adelanta a su tiempo y por tanto merece ser visto y revisto, estudiado y repasado para tomar conciencia sobre el detalle de su sentido, acerca de la sinuosa y frustrante relación entre sexualidad e institución matrimonial según el planetario (en el norte y oeste) contrato familiar-amoroso del extendido modelo cultural del capitalismo desarrollado norteamericano.

 

          Tengo la certeza de que la inigualable “presencia” (su “fisicidad connotativa”) de Monroe en la pantalla de cine se debe al aprovechamiento máximo del maestro Billy Wilder (autor de esa cúspide titulada aquí “Ocaso de una vida” –“Sunset Boulevard”, 1950-, casi codo a codo con “El ciudadano” de Welles y “Vértigo” de Hitchcok).. Wilder no simpatizaba demasiado con Marilyn, o al menos se fastidiaba con los inconvenientes que los conflictos íntimos de ella significaban para el rodaje. Fue ácido sobre las dotes dramáticas de la estrella, que –paradójicamente- Wilder explotó como riqueza.

 

             

                Wilder trabajaba por contrato, como todos los directores  de los estudios de Hollywood. Pero lo extraordinario de su talento es que tenía “qué” y sabía “cómo” filtrar de modo imperceptible para los ejecutivos, cambios y acotaciones que hacían grande la realización. Esta imperceptibilidad “falsa” se instituía sobre interpelaciones que se aceptaban en alguna zona profunda del público pero que, por resultar radicales, no eran reconocidas por la conciencia del sentido vulgar y común de vida de espectadores, directivos y ciudadanos-consumidores.

Marilyn como Evita

 

        Wilder, consciente o no, lograba captar con la cámara, el relato y la puesta en escena la singularidad irrepetible de Marilyn Monroe. Sin él hubiera estado en duda la claridad de esa cualidad extraordinaria  (fuera de lo ordinario, de lo común) de la actriz, que más que “actriz” es -como suelo decir- una “actuante” de la escena fílmica, que no es igual a ninguna otra actuación de ningún otro escenario ficticio del arte o la expresión.

             Marilyn es hasta ahora la más completa actuante del drama y conflictividad de la condición y sexualidad femenina en la escena de la pantalla. No recita tal situación dramática. Al contrario, la hace física, con un simple caminar o el murmullo de su hablar, el mohín de sus labios. El resultado de esa actuación dramática se advierte en los otros, los que escuchan y la miran, dentro y fuera de la pantalla. Lo que ella dice tiene efecto en el otro, afecta a la realidad. Se confirma su peso dramático en la escena-pantalla por la solidez de su repercusión en los otros, público o personajes de ficción. De algún modo, dentro y fuera de la pantalla, ambos sienten lo mismo. Y eso no es frecuente en una actriz ni en el cine. 

 

    

               Por eso suelo decir que Marilyn, como pocas, como casi ninguna, como apenas algunas otras –con momentos irregulares- en ciertas películas o en la historia del cine, Marilyn es un fenómeno de la ficción en imagen de pantalla grande del cine. ¿A ver si lo digo más claro? La llamada Monalisa de Da Vinci no es la mujer más bella de la tierra pero es la más bella de la historia de la pintura, y desde allí transmite hacia la tierra (el espectador). ¿Quién otra superior a ella? ¿Cuál otra más compuesta de pura incógnita e intriga? Puede haberlas más lindas, más hermosas, más sensuales y erotizadas, pero ninguna que resuma el misterio de la belleza femenina como “esa” mujer del cuadro de Leonardo. Por eso digo también –espero ser preciso y claro aquí-, digo que Marilyn es al cine como mujer tan inimitable e irrepetible para Eva Perón para la política como mujer.

Las películas de Marilyn, hoy domingo

 

Todas por TCM:

 

-“Nunca fui santa” (1956), a las 14,10.

-“Cómo pescar un millonario” (1953), a las 15,40.

-“El príncipe y la corista” (1957), a las 17,20.

-2Luces de candilejas” (1954), a las 19,25.

-“Los caballeros las prefieren rubias” (1953), a las 21,40.

-“La comezón del séptimo año” (1955), a las 23,30.  

 

 

 

 

 

 

                   ¿Cómo un hombre maduro y casado puede seducir a una bella joven rubia y soltera, que habita en el piso de arriba? Mediante una fervorosa, de entrega absoluta al arte (algo “alejado” del sexo, ¡Ah!, el Arte) y de profunda concentración -inmune a la seducción femenina- ejecución del Concierto Nro. 2 para piano de Rachmaninoff. Eso es lo que hace -lo que ilusiona- el insuperable y olvidado Tom Ewell, que tiene como “muchacha de la puerta de al lado (o de arriba)” a Marilyn Monroe. Ewell está solo en Nueva York, en verano. Su esposa, una típica esposa norteamericana, se ha ido de vacaciones con el hijo de ambos. Es un verano tórrido en Nueva York, las calles arden. Marilyn tiene descompuesta la heladera, le faltan cubitos, no puede beber nada fresco. Pide entonces una cubetera prestada a Ewell, quien deja que ella, en solera escotada blanca, con unos breteles que insisten en desatarse, se refresque un poco su espalda y frente mediante la puerta abierta del refrigerador. Escena brillante de “La comezón del séptimo año”, del maestro Billy Wilder. Porque ¿de qué “trata” el “calor” de Marilyn? ¿Trata de las altas temperaturas del verano en la gran ciudad y sin aire acondicionado, o trata de los visibles aunque imaginables sofocones de una muchacha voluptuosa y liviana de ropas que está sola en la urbe infinita y también desamparada y que seguro necesita brazos fuertes que la refresquen? Ahí es cuando el fantástico Tom Ewell, ante una prometida visita de la chica solitaria, imagina que seduce y besa a Marilyn mediante la ejecución al piano del concierto de Rachmaninoff. Un gran pianista, envuelto en robe de color cálido penumbroso, refinado y bon vivant, además de culto, romántico y de superior talento artístico, ejecuta el Concierto Nro. 2 ante el cual ninguna mujer puede resistirse. Solo una burra se negaría, eligiendo a un futbolista. Pero Marilyn es sensible. Una chica muy sensible, que acompaña a lo más sensible de su cuerpo. Y entonces se abre una puerta en el techo del departamento de Tom y baja Ella por una escalera con un escotado vestido largo atigrado, cruzado por las rayas flameantes de una pasión natural que busca contención. El plano final con Ewell como testigo de su propia fantasía es, en realidad, de un vanguardismo (no se me ocurre otro término, aunque el concepto “vanguardia” ya es anacrónico para designar hoy a lo “nuevo revolucionario”) y una simbología plástica y expresiva tan compleja como el más intrincado Bergman. (AMÍLCAR MORETTI) 

 

 

Foto de Marilyn por EVE ARNOLD, una de las viejas y grandes fotógrafas que supo retratar la belleza interior (¿angelical?) de la mujer voluptuosa.

 

 

 

 

 

 

Marilyn baila con su esposo, Arthur Miller, el gran dramaturgo. Una foto de la talentosa EVE ARNOLD, seguidora de la estrella, durante la filmación de “Los inadaptados”, de John Huston. 

Billy Wilder, el gran director, maestro, junto a Marilyn. 

Billy Wilder

y

Marilyn:

no

hay

gran

estrella

sin

gran

creador

que

relate

y

cree

su

imagen

 

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