ASESINATOS Y POLÍTICA. Del homicidio común al crimen horrendo para construcción de clima político

 

 

 

 

México, homicidios colectivos que son narco-terroristas, o sea, políticos. Es la economía que asesina. La paradoja de lo evidente que no se ve. A más horror, más ceguera y desconcierto.

Escribe
AMÍLCAR MORETTI
Argentina. La Plata.

           

 

             Hay momentos en que la historia, más que en otras fechas, condensa lo individual y común en lo colectivo político y excepcional. Lo común -un asesinato, un suicidio, un secuestro con violación sexual y muerte-, más o menos frecuente en las sociedades de cualquier país, se hace abiertamente político. Así se crea un clima político que pasa, en principio, como ordinario por horroroso que resulte, pero que por su mismo horror, por su grado siniestro, ocupa toda la cabeza del ciudadano inadvertido, y se hace de ese modo claramente político.

 

 

          La paradoja es que puede advertirse así -como devenir del crimen común a la excepcionalidad de un momento de lo político-, y sin embargo “nadie lo ve”, o la”mayoría”no se da cuenta”. De esto saben mucho los servicios de inteligencia, los grupos fácticos de poder recostados en una prensa unánime y asesorada. El procedimiento operativo es típico, tan clásico y advertido como ambiguo y oculto según lo es también el asesinato pura y explícitamente político. El clima de ese momento, entonces, se hace de abonos cuyos resultados son el miedo y la incertidumbre. Si Jack El Destripador anda suelto, o muchos Michael Myers (“Noche brujas”, 1978) o Jason Voorhees (“Viernes 13”, 1980) son fantasmas que se fabrican como reales, nadie está tranquilo. Se decreta subjetiva, pero colectivamente, el estado de sitio. Todos son asesinos y violadores. Todos somos susceptibles de ser asesinos y violadores. Todos podemos ser asesinados. Se disemina una sensación de desprotección. El gobierno deja que asesinen. El gobierno es “débil”. Deja hacer a los asesinos. La calle se llena de policías pero la gente sigue día tras día con frías, desesperadas y desconsaladas apariciones de colgamientos y ahorcamientos en los árboles. ¿Suicidios masivos? Asesinos que se reduplican en otros, y también, asesinos encargados de asesinar, de hacer aparecer cadáveres de chicas y menores torturados y violados?

 

 

          En 1924, Giacomo Matteotti, diputado socialista representante de la oposición de izquierda italiana al fascismo de Mussolini, aparece muerto y torturado en un bosque, cerca de Roma. Un asesinato político: la oposición al Duce “entiende”. No habrá oposición al fascismo, y si la hay ha de tener un límite muy acotado y claro. “El delito Mateotti” es claramente político, crea un clima político de miedo, retracción y precaución. El que confronta con el Duce, muere. Todos saben que el de Matteotti es un crimen político, pero muchos hacen como que es un homicidio misterioso sin autores conocidos. El asunto aparece aquí como más claro, pero no lo es. Un homicidio político, aunque “todos saben” que lo es,  se transforma en un hecho “privado”, “misterioso”, sin victimarios identificados.

 

 

          Lo contrario de “El delito Matteotti” (1) es casi lo mismo, o lo mismo. Los crímenes ahora no son motivados por ejecutores con intención política. Algunos “apasionados” asesinan muchachas, o las jóvenes de pronto suscriben “pactos” de suicido. Puede ser. Sucede en todas las sociedades: en la ordenada Austria, siempre al borde nazi, un ciudadano despedaza desprevenidos, se los come, los conserva en la heladera y entierra el resto en su jardín. En Liverpool en 1993 dos niños de 10 años faltaron a la escuela, secuestraron en un shopping a un niños de dos años, lo llevaron cerca de un paso de tren, lo desnudaron, lo golpearon con ladrillos y una vara de hierro, los torturaron con una batería eléctrica, lo violaron  con la picana y lo mataron a patadas. Luego lo pusieron sobre las vías del ferrocarril, que lo partió en dos. La locura asesina desconcierta, y vuelve locos a los otros, familiares y espectadores.  Un Guasón joven y común irrumpe en una sala de cine y, como tantos otros antes en la historia de Estados Unidos dispara a granel con armamento de combate contra los espectadores. Nadie se siente a salvo. Todos se ven contaminados por el miedo y la ira.

 

          Lo “privado”, lo particular, lo individual, los asesinatos comunes y ordinarios se subscriben por horrorosa insistencia y reiteración como asesinatos políticos. El miedo se hace colectivo. Prende y se disemina de modo gradual. No hay garantías de seguridad. No me protegen. Pago mis impuestos (¿los pagan todos?) y no tengo garantías. Nuestras descendientes, indefensos, no tienen garantías.

 

                 Todo es más o menos comprobable, en un sentido aterradoramente concreto. Las muertas -muchachas ahora, no hace mucho niños, pero también varones- aparecen colgadas. En otro sentido, todo es paranoia. Una gran puesta en escena, bien estudiada. Las víctimas son sometidas a frío sacrificio, y en general, es probable, elegidas al azar. Un intruso (o dos, o cuatro) se introduce en un departamento y asesina a cuatro mujeres en minutos. Nadie escucha nada. La seguridad no existe. Matan a ciudadanos indefensos. Es cierto. ¿Pero quién los mata? El gobierno que no se ocupa de que los ciudadanos vivan seguros. Si alguien no cree en la inseguridad, aparecen más cadáveres, también de niños y niñas. No hay autores. Hay ejecutores no identificados. Hay intimidación y hasta escarmiento “subliminal” para convencer al que observa con suspicacia.

 

 

               No hay autores, salvo un gobierno que produce medidas de redistrubición de la riqueza, que amplía la distribución de ingresos a sectores más amplios (aún cuando los dineros salgan no del capital sino de los aportes de los mismos trabajadores). Si redistribuye en vez dejar los aportes de los asalariados en manos bancarias, es un gobierno que no puede garantizar mi seguridad. Un gobierno que -casi solamente- alienta la colaboración entre asalariados y desprotegidos, no es un gobierno capacitado para dar seguridad. 

           “Desde el infierno”, una película del 2001 dirigida por los hermanos Hughes, puede ilustrar bastante bien gran parte de este fenómeno. Sucede en la época victoriana, de pleno puritanismo y máxima dureza de las clases altas contra los sectores populares, en Londres, con Jack El Destripador en la calle. Es una buena película, cuidadosa y detallada en la reconstrucción de época y con explícita ilustración del esquema de clases sociales y su aplicación de poder.  No es todo. Hay realidades más sofisticadas y así también más crueles. La crueldad se planifica. Se hace científica. El siglo XX es ejemplo de ello, sienta el paradigma tecnológico del poder económico hecho Política: los hornos crematorios o los 5 mil prisioneros argentinos pasados por la ESMA, donde se formaban los técnicos de la marina de guerra. La mayor parte de los 5 mil, desaparecidos. Ahora no hay tantos militantes políticos, o son menos radicales en sus reclamos. Pero, igual, reclaman. Aparecen muchachas ahorcadas y niños son secuestrados y martirizados. También se sacrifica a creyentes policías, laburantes de uniforme. Ni la policía está segura. Todos sabemos, la policía sabe. Lo criminal se hace político. Se quiere que el gobierno aparezca como una gestión débil e inoperante frente al delito abominable. Hay trampa: si reprime y asesina con inservible crueldad, el gobierno será acusado de violador de derechos humanos elementales.

 

                 Hay que reclamar prevenciones ejemplares pero ¿contra quién, contra quienes? Eso sí: lo siniestro le puede pasar a cualquiera. Por eso el silencio, por eso el temor, por eso la sospecha, por eso la furia y el odio se acumulan. Es una aplicación científica y planificada de generar miedo y pedir linchamientos. Luego se destituirá, “democráticamente”, al gobierno que intenta reparaciones sociales: Paraguay, por ejemplo. Por eso, si los ciudadanos no nos cuidamos y alertamos entre nosotros, puede que haya más sacrificios horrendos. Hasta puede que se rompan “marcos” institucionales, formales pero efectivos, en la conciencia de sectores de población con peso y ruido, sectores muy televisivos. En los años 70 solía repetirse que “el pueblo nunca se equivoca”. El pueblo no es tonto, pero a veces puede ser inducido a aceptar la equivocación, engañado para silenciar lo siniestro a fuerza de garrote montado sobre su necesidad.  

 

 

(1) Refiero al título de la película de 1973 del italiano Florestano Vancini, “El delito Matteotti”.

 

 

 

Martes 24 de julio 2012. Madrugada, primeras horas.

 

 

 

 

2 comentarios to “ASESINATOS Y POLÍTICA. Del homicidio común al crimen horrendo para construcción de clima político”

  1. Lo felicito. Excelente nivel de análisis.

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