La nueva versión “El Gran Gatsby”, con Leonardo DiCaprio. La célebre novela de Scott Fitzgerald en la que el Dinero es Destino fatal e implacable para el Amor y el Deseo

 

 

 

      (Matrimonios de millonarios de abolengo norteamericanos como los de …) “Tom y Daisy eran descuidados a indiferentes; aplastaban cosas y seres humanos, y luego se refugiaban en su dinero o en amplia irreflexión, o en lo que demonios fuese que les mantenía unidos, dejando a los demás que arreglaran los destrozos que ellos habían causado.” (1)

 

 

 

 

 

 

 

Escribe
AMÍLCAR MORETTI

 

                Para diciembre está anunciado el estreno de “El Gran Gatsby”, la película del australiano Baz Lurhmann con Leonardo DiCaprio sobre la célebre novela de Francis Scott Fitzgerald de 1925, un clásico definitivo del siglo XX, de la narrativa norteamericana y de la historia misma de la novela universal de todos los tiempos. Un texto breve, simple y complejo a la vez, emotivo y reflexivo, crítico y desencantado a un mismo tiempo aunque con algún resquicio, pese a su ánimo final de derrota, para continuar un destino o una supervivencia humanos en persecución de un deseo, una ilusión, una utopía o aún el deslumbramiento ante un espejismo que vale la pena pese a contener todos los peligros y falsedades de lo real.

 

 

 

 

               Baz Lurhmann (1961) es conocido entre seguidores  por “Moulin Rouge” (2001), estupendo musical que no fue entendido y “Australia” (2008), más cercana al público pero de mediocre validez estética.  Su versión de “El Gran Gatsby” es la séptima que computa en Estados Unidos. Desde una primera de 1926, muda, dirigida por Herbet Brenon (de la cual al parecer no han quedado copias), hasta la de 1974, la más conocida hasta ahora. Esta última cuenta a Robert Redford como Jay Gatsby, el héroe trágico de la historia, y a Mia Farrow como Daisy, la frívola y a la vez “ingenua” y etérea esposa del millonario por herencia Tom Buchanan, encarnado por Bruce Dern, hoy bastante olvidado y padre de la actriz Laura Dern.

 

 

 

 

Leonardo DiCaprio es el nuevo Jay Gatsby

                     

 

 

 

            Se sabe que con “El Gran Gatsby”, Francis Scott Fitzgerald  escribió una de las novelas de estructura perfecta, inmodificable e inalterable, que no ha de envejecer (no le falta nada, no le sobra nada), y que se ubica como un hito esencial y simbólico de la narrativa norteamericana que pasa por Hawthorne, Melville, Poe, Twain, Faulkner y quién sabe quien -con absoluta certeza- después de 1960. Desde hace medio siglo “Gatsby” ha sido mi novela preferida, para mí la mejor que he leído, quizás después de “Madame Bovary” y, claro, “Don Quijote”, que fija las pautas del género, tan monumental como despareja. Los que me conocen saben que durante décadas rendí tributo a Hemingway, y aún es central en mi formación ya no tanto  por esa unión de aventura y leyenda de existencia real, por una parte, y por otra narrador de historias, conflictos y confrontaciones del hombre de su época ante situaciones límites o dilemas cotidianos, como la pesca de una trucha de río. Ahora que los asuntos de la vida parecen más asentados (apariencia siempre tranquilizadora), me llama más la atención la destreza de Hemingway por su estilo sustractivo, hecho de sustantivos, y no aditivo ni barroco. La “simpleza” profunda de Hemingway, el “iceberg”, como el escritor decía, diez por ciento sobre la superficie y nventa debajo del agua, ocultamiento a percibir, a dilucidar, a interpretar, siempre en lo difuminado.

 

 

 

 

           Pero, sin duda, si bien Fitzgerald es desparejo de libro en libro en su producción  -salvo sus relatos que me parecen una preciosidad seriamente dramática del ingenio-, “El Gran Gatsby” es una obra superior, no sólo la mejor del autor sino también por encima de la de todos los de su generación (“la generación perdida”) y aún de los anteriores novelistas del siglo XX y los posteriores  hasta al menos 1950. Faulkner puede ubicarse como su superior, pero no por un libro sino por una producción densa, nutrida y casi siempre pareja en su complejidad y hondura. Faulkner es un escritor muy por encima de Fitzgerald, pero de libro a libro, el “Gatsby” es el más perfecto de todos los textos de ambos escritores.

 

 

 

 

 

  Robert Redford como Gatsby (versión 1974), frente a su mansión en Long Island

 

 

 

 

                         La “cuestión” de “El Gran Gatsby” es más o menos conocida por aquellos que han seguido la mejor literatura, aún considerada solo como formadora de fantasías. Jay Gatsby, hombre apuesto y de gran fortuna de origen desconocido -oscuro, es probable, como todo capital- se instala en una lujosa mansión en Long Island, en la zona cercana a Nueva York que en los años 20 del siglo pasado constituye el refugio de la gran y más alta burguesía norteamericana. Poco a poco se sabe que Gatsby, de pasado desconocido, ha venido en busca de revivir un amor anterior con Daisy, en el presente casada con Tom Buchanan, hombre de mediana edad  acostumbrado a “vivir de “heredero”, es decir, integrante último en los  “locos años 20” (el despilfarro que antecede la Gran Crisis de 1929) que puede “justificar” su pasado porque han sido sus abuelos o antecesores lejanos los que hicieron los primeros negocios tras el genocidio de los indios (esto ni se menciona en el libro, pero es el sustento de la honra social de dicha clase).

 

 

 

 

             La insalvable  “diferencia” para Jay Gatsby es que su riqueza es muy reciente, que muchos sospechan de que manera la ha forjado. Todos parecen haber olvidado como la acumularon los vecinos ricos, pero comentan sobre el “advenedizo” Gatsby. Él hace todo lo posible por suducir con dinero y despilfarro y su revancha es mostrar a los ricos de larga data que también puede ser como ellos, que lo han despreciado durante la niñez y juventud pobres y necesitadas. Daisy no ama a Tom Buchanan, quizás ame a Gatsby, quizás, solo quizás.

 

 

 

 

            El amor, al menos en épocas en que predomina el dinero como valor supremo, el derroche terminal, es un componente del amor y más aún del matrimonio. El dinero puede hacer posible las peores traiciones y bajezas pero puede mantener unido a un matrimonio, que supone armonía y amor. A la sociedad burguesa no le interesa la naturaleza afectiva de tal vínculo-contrato: para el capital, al menos en su época clásica o aún al final de ella (se acerca la gran crisis del 29, que algunos creen más suave que la actual), el matrimonio monógamo heterosexual es una institución sustancial pero fiduciaria. Jay Gatsby, pese a su inteligencia y voluntad por llegar a lo más alto, no ha internalizado estas reglas horrendas carentes de afectividad ética. Gatsby, en el fondo, es un ingenuo, un sentimental. Se descuida, lo sorprenden, cree aún en la fuerza del amor: allí reside su fracaso ineludible desde el punto de vista de aquellos a los que quiere parecerse: los ricos.

 

 

 

 

“EL GRAN GATSBY” (1974), DEL BRITÁNICO JACK CLAYTON

 

 

 

 

 

 

                                    Otros de los muchos “temas” que abre a consideración la novela de 1925 de Fitzgerald es el de la clase de los ricos. Los ricos que siempre han sido ricos. Lo que aquí, en Argentina, se llamó y llama la oligarquía. Aquí esa elite fundó su riqueza primero en el comercio portuario porteño basado en el contrabando en perjuicio del reinado de España y luego en el genocidio de los aborígenes a fin de apropiarse de cientos de miles de hectáreas de campo, una tierra feraz que casi no necesita de mano de obra campesina-proletaria-asalariada porque granos y ganado se reproducen solos, más allá que las nuevas tecnologías que multiplican por mil, hoy, las ganancias extraordinarias.

 

 

 

 

                            Esa “burguesía” con el “culo sucio” (desde hace tanto tiempo que nadie casi lo menciona, aunque lo sepa) es implacable e impiadosa para defender lo que se apropió a sangre y fuego. Además, con los años ha logrado refinar sus usos, costumbres, pensamiento y modos de vida. Rentistas de alcurnia, han construido su honra y despilfarro sobre el olor a bosta, según la siempre mencionada definición de Sarmiento.

 

 

 

 

          

 

             

 

                  En el mismo orden, la alta burguesía con su “destino” de implacabilidad para mantener sus intereses de clase, hace que Fitzgerald -un hombre que en su vida real siempre admiró y a la vez reconoció la crueldad e indiferencia de “los bellos y los malditos”- construya una imagen de la figura femenina que, víctima o no del “sexo masculino” del capital y del esquema de poder piramidal generado por el mismo, es una mujer caracterizada por una ambivalencia y endeblez cambiante donde los sentimientos vinculados a lo amoroso por un lado, y por otro la belleza física,  sensualidad y lo amoroso, bien son mudables o sin sostén fuerte frente a la solidez del dinero, dominante en el mercado a través de la fascinación del lujo, o bien son instrumentos que no garantizan demasiado en las decisiones centrales.  

               

 

 

                    En otro aspecto paralelo, aunque apenas rozado, se advierte la profunda diferencia de clases entre la alta burguesía y el proletario o cuentapropistas pobres, un propietario de taller que en el filme de 1974 interpreta ese actor que nunca tuvo una gran oportunidad protagónica, Scott Wilson. La mujer del pobre vive el sueño de la riqueza mediante la entrega de su cuerpo y afectos, melodrámática, a los brazos de Tom Buchanan, marido de Daisy. Es una víctima más ubicada en los últimos  escalones sociales, junto a su marido que, cuando busca una angustiosa e inútil venganza no sólo es usado también por los ricos sino que  equivoca, como fatalidad, su objetivo. Esta fatalidad envuelve también a Gatsby, que pese a su riqueza sin historia y su previsible astucia para acumular riqueza, no puede huir de un “Destino” mayor circular que traza un modo de sociedad basada en el único valor supremo: el Capital. 

             

 

 

 

                   La historia de “El Gran Gatsby” es narrada en tercera persona por un testigo y participante, que mediante su silencio opera más que nada como observador de un mundo sin piedad que le suscita tanta extrañeza como espanto y cierta náusea. Nick Carraway es primo de Daisy pero no puede dejar de sentirse horrorizado por la “ingenuidad” de ella que la lleva a implicar por descuido e indiferencia la vida misma de los otros. Dichas “pureza y ajenidad” de espíritu no hacen mella en la percepción de las condiciones ventajosas de su riqueza material, que tiene bien presente. Daisy es peligrosa por su “inocencia” que la ubica distante e irresponsable de cualquier maldad; su esposo, Buchanan, en cambio, es un cobarde que prioriza de modo consciente su suntuosidad y ociosidad malsana y estéril mientras de algún modo invidia, y más que nada detesta, la nueva riqueza de los hombres como Gatsby, tal vez más que nada por su despilfarro sin sentido. Para Gatsby, al final de cuentas, el dinero es apenas un medio -central, es cierto- para acceder al poder que le daría posibilidad a sus deseos profundos de ser aceptado y ser amado por una idealización en femenino (mujer fantasmática) de las elites. Para Buchanan el dinero es cuna y meta de la vida, su modo mismo de existir: capital y Buchanan son inseparables, ambos constituyen no dos caras sino el mismo y único rostro del dinero y lo que puede corromperse y destruir con su posesión.

 

 

 

(1) “El Gran Gatsby” (1925), de Francis Cott Fitzgerald. Ed. Plaza & Janes, Barcelona, 1960-1984, pag. 198 de última edición.

 

 

 

Domingo 8 de julio 2012. Argentina. La Plata (a 60 kms. de Buenos Aires)

 

 

What Will I Do (1923)

 

(tema de la versión cinematográfica de

“El Gran gatsby” -1974- con R. Redford y

M. Farrow)

 

De Irving Berlin

 

 

 

Gone is the romance that was so divine

‘tis broken and cannot be mended

You must go your way and I must go mine

But now that our love dreams have ended

 

What’ll I do

When you are far away

And I am blue

What’ll I do

 

What’ll I do

When I am wondering

Who is kissing you

What’ll I do

 

What’ll I do with

Just a photograph

To tell my troubles to

 

When I’m alone

With only dreams of you

That won’t come true

What’ll I do

 

 

 

 

 

 

 

 

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