“yo no sabía…” “yo no sabía…” “yo no sabía…” ¿Qué carajo necesitás conocer para saber, para darte cuenta?

 

 

 

Escribe
AMÍLCAR MORETTI

            “Yo no sabía…” “Yo no sabía…” “Yo no sabía…” Es cierto, hay veces, muchas que uno no sabe. Que dos no saben. Que tres, cuatro o cinco o muchos no saben. Pero los vecinos de los pueblos que rodeaban los campos de concentración nazis en Polonia, Alemania y en otros lugares de Europa alegaron justamente eso: “Yo no sabía…” “Nosotros no sabíamos…” Veían y olían el humo con olor a carne humana asada que salía de las muchísimas chimeneas de los crematorios que funcionaban las 24 horas del día, pero… no sabían… no sabían… ¿¡Qué mierda fue lo no sabían!? ¿¡Qué mierda es lo que no sabían!?,  si la mayoría estaba afiliada al partido nacional-socialista hitleriano, si la mayoría participaba de las espectaculares ceremonias públicas y todos sabían de las leyes antisemitas y de persecución de los judíos. Todos sabían que el vecino vivía ahora en la casa de un judío al que se habían llevado la semana anterior por la noche -o a pleno día- en un camión y no había regresado nunca más tras dejar en su hogar todo, muebles y ropa. ¿Qué mierda no sabían?

            “Yo no sabía…” “Yo no sabía…” “Yo no sabía…”, esa disculpa entre hipócrita, cobarde, mezquina y de un desentendimiento moral colectivo muy peligroso fue muy común también después de diciembre de 1983, cuando ganó la presidencia Raúl Alfonsín y los militares del Proceso de Reorganización Nacional dejaron a 30 mil desaparecidos. Meses antes de la asunción del nuevo gobierno los diarios comenzaron a denunciar fosas con cadáveres de personas no identificadas -después identificadas como desaparecidos de la militancia política y social de izquierda y progresista moderada. Fosas por aquí, fosas por allá. Aún siguen descubriéndose restos óseos de esos martirizados y, por sobre todo, negados. Pero… “yo no sabía…” “Yo no sabía…” “Yo no sabía…” ¿Qué carajo es lo que no sabías? ¡Qué te hacía falta ver? ¿Qué te hacía falta que te mostraran? Si nadie quería escuchar, menos ver. Si no, ¿qué te creías que hacían esas señoras con pañuelo blanco en la cabeza dando vueltas alrededor de la plaza, de muchas plazas de la Argentina, por ejemplo, de la capital de la provincia de Buenos Aires?

          ¿No hubiera sido -no es- más decente, más honesto decir?: “Tuve miedo, mucho miedo. Sentí terror. Sentí horror. No quería ver, no quería sentir. No quería. Nadie quería. Casi nadie quería. Mejor aún, casi seguro: ¡NADIE QUERÍA OÍR NI ESCUCHAR! ¿No te acordás de lo que sentíamos, de lo habíamos visto aunque sea una vez en el vecindario? Podía ser que uno tuviera la incertidumbre, la duda sobre la forma de “disposición final” del vecino al que se llevaron las patotas. Podía ser que uno no imaginara el detalle atroz del grado de enfermedad y ensañamiento contra un prisionero indefenso. Puede ser: uno, muchas veces, se niega, se niega a creer o pensar en el grado de dolor que un humano puede infligir a otro humano sin pestañar, y acto seguido ir a comulgar a la iglesia y festejar el cumpleaños del nena. Sí, puede ser. El terror es eso. Está planficado científicamente para eso. Ha sido estudiado para eso. Uno imaginaba la picana, todos podían y pueden imaginar la tortura de la picana eléctrica pero de ahí a… ¿eh? ¿Se entiende, no? Pero, el asunto era, es otro: ¿dónde estaban los que se habían llevado? ¿Y por qué nadie preguntaba nada? ¿Por qué ninguno preguntábamos, salvo en cuchicheo con el resto de alguna militancia acobardada y paralizada?

          Otro caso más reciente, que está en la misma línea y que no dejó de sorprenderme, de indignarme. A mediados del 2008 los grandes propietarios del campo sojero o que lo alquilan y que ahora dicen que no pueden pagar -el que más paga- unos 80 pesos por año por una hectárea que llega a valer más de 15.000 dólares, bueno, a mediados del 2008 los grandes propietarios de tierras se ponen contra un gobierno -este gobierno- y lo hacen peligrar por una ley que, presumiblemente, los iba a perjudicar. En verdad, les retenía unos pesos más a los que más exportaban. Les cobraba sólo unos dólares más a los que exportaban el yuyo soja en millones de toneladas para los chanchos chinos y alemanes. Con buena parte de esa plata se hicieron y hacen obras que benefician a los propietarios rurales y se les facilita créditos y se pagan a los investigadores de nuevas tecnologías, que no las paga Biolcatti, claro. 

                 A mediados del 2008, digo, brotaron unos caceroleros con plata, pero acompañados por otros pequeños propietarios que no tenían plata, o no tenían tanta plata, sí más que un obrero o un intelectual o periodista, pero no tanta plata como Biolcatti. Gente conservadora, sencilla, rústica y bastante reaccionaria, pero sobre todo mal informada. Después esta última gente se dio cuenta de la metida de pata. La ley los beneficiaba y el gobierno que casi voltean les devolvía la plata de otra forma. 

              Bueno, en ese momento a algunos se les ocurrió -con violencia, depredadores, saqueadores, incendiarios- prender fuego a algunos campos. La humareda duró días y amplias zonas urbanas, muy extensas zonas de ciudades quedaron bajo el humo. Ciudades enteras en un humo insoportable. No se podía respirar… un clima asfixiante, aún dentro de las casas. Pero casi nadie dijo nada, en especial los mismos -muchos- vecinos pobres giles y pobres jubilados que salían a defender en última instancia al rico porque ellos -los pobres jubilados- ganaban una jubilación de miseria dado que los fondos se los habían robado lo bancos. Nadie dijo nada… pero se escuchaba clarito en el silencio un no pronunciado: “Yo no sé nada…” Aquel antiguo “Yo no sabía…”

            La última. Una anécdota de unos cuantos años atrás con una alumna de un curso a mi cargo. La señora de entre 40 y 50 años, culta, bien leída en serio, Joyce, Kafka y esa clase de autores: Thomas Mann, Proust, que no son escritores fáciles. La señora culta -y además, inteligente, perceptiva- al hablar de los desaparecidos argumentó otro “razonamiento” vigente  unos cuantos años, aún hoy: “Bueno, algo había que hacer para parar lo insoportable del desorden y la inseguridad en la época de (la presidenta) Isabel (Martínez de Perón, antes de 1976, cuando el golpe militar?” “¿Algo había que hacer?”,  le pregunto para que me aclare. Y acto seguido le aclaro yo mismo: “Sí, algo había que hacer: esperar el llamado a elecciones , para el que faltaba muy poco. O adelantarlo.”  “Bueno, pero no se podía ordenar tal desorden”, me replica la señora, mi alumna. “Por eso sucedieron esas barbaridades (las de los militares)”, agrega, como una extraña justificación. Entonces, le pregunto: “¿Vos querés decir que había que cometer el más horroroso genocidio del siglo XX en la Argentina para parar un desorden político social que había generado y generaría menos víctimas? ¿Vos decís asesinar en la oscuridad a 30 mil para salvar a, pongamos, dos mil? ¿Eso querés decir?”  “Extraña prevención”, la reconvengo. Y agrego: “Algo así como para que no haya 50 enfermos en un hospital matar a los 400 internados?”. 

        Y acá vino lo mejor, lo más parecido al “Yo no sabía…”: me dice la señora, mi alumna. Se excusa: “Bueno, yo no sabía que iban a matar a tantos…?” “¡Yo no sabía que iban a matar a tantos!”, dijo. Le repliqué, ya enervado: “¿Escuchaste lo que dijiste? Quiere decir que si desaparecían a 200 o 300 estaba bien, pero 30 mil …. NO!!!!. ¡Eso dijiste!” 

        La mujer hizo silencio. Endureció su rostro. Poco después dejó de asistir a mi curso de cine. 

           Es que ella no sabía. Es que él no sabía. Es que yo no sé. Es que ellos no saben. Es que muchos, demasiados dicen que no saben. Pregunto: ¿qué mierda necesitan saber para darse cuenta? ¿Qué es lo que hay decirles para que se den cuenta, para que te des cuenta? 

         Todos los ejemplos mencionados son graves. Pero también es grave que, por ejemplo, en un mercado de arte como el argentino y el porteño donde se mueve relativamente poco dinero y todos conocen a todos y todos los especialistas y artistas saben qué valor tiene cada obra de cada artista cotizable, en un mercado tan pequeño, si roban 20 o 30 cuadros al vecino de la esquina, pinturas de conocidos maestros, un mercader dedicado a hacer dinero con el arte no puede argumentar que él “no sabía” que habían robado esa pintura, y de tanto no saber, por añadidura, comprar o “guardar” las pinturas robadas. “Yo no sabía…” “Yo no sabía…” Si mañana, se roban La Gioconda todos los expertos o simples vendedores de obras de arte del mundo saben que se robaron La Gioconda. No pueden decir: “Yo no sabía”.

 

Martes 5 de junio 2012. Argentina. Madrugada muy fría, pero muy fría. 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: