Mariana, firme, estatuaria, bien parada, segura de sí. Foto por Amílcar Moretti.

 

 

 

 

 

                            Bien parada

                       firme, estatuaria,

                    centro de la escena

                MARIANA SUPPICICH

           bailarina, explora proyectos,

 

           segura no sólo de su belleza

 

          sino de tu talento expresivo

      para construcciones creativo-escénicas.

 

 

 

Por AMÍLCAR MORETTI. Madrugada del lunes 19 de marzo del 2012. Una noche linda, calma, serena, que -dicen- anuncia jornadas de nuevas lluvias. Un pájaro canta nocturnal en el árbol de la ventana de mi frente, lo hace siempre a la misma hora, de noche, solitario, como si anunciase un cambio de guardia. Transmite una resonancia doble y ambivalente: no sé si anuncia  que está en guardia, vigilante, o que se dispone a domir otro rato. Suele ser en la mitad de su sueño. Me dicen que es el como el zorzal, que canta primero en la mañana. En mi publo, de chico, durante muchos años el amanecer eran los gallos: un eco de gallos hermoso que se repetía uno tras otro en su quiquiriquí y al final culminaba con un concierto conjunto pleno de gallos que me alegraban la vida. Tan lejanos algunos. Siempre me preguntaban dónde estarían, en qué gallinero. Me intrigan, me hacían sentir reconfortado y a la vez con upoquito de angustia que sabía que se acababa el dormir. Los escuchaba arropado en la cama y sabía que faltaba poco para levantarme. Ahora, en la ciudad, hace años que no escucho gallos mañaneros. Los extraños. Primero me anunciaron la escuela, luego al colegio normal nacional y después al trabajo de maestro, casi antes de los 18 años. Partía a las 5 de las mañana a trabajar de maestro alfabetizador de muchachos que nunca habían visto un lapiz, que no sabían cómo empuñarlo. A esa hora, en invierno, había escarcha y era de noche. Caminaba sólo por esas calles solitarias del pueblo, saltaba los chacos que se acumulaba en la calle a los costados, junto al cordón. Pero era un placer quebrar con la punta del zapato esa fina capa de vidrio helado que congelaba el agua. Una vez ví nevar, la primera en mi vida. De pronto, nunca me olvido, hubo un silencio total: todo quedó suspendido, y comenzaron a caer los copos que fueron al suelo y sobre las cosas para vestir todo de blanco. Los finos copos se deshacían en agua en los dedos.  Nunca me olvido. La nevada de mis 20 años cuando iba a trabajar, pagarme los garbanzos, en serio, y comprarme algunos libros.(ARGENTINA, A sesenta kilómetros de Buenos Aires).

 

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