HACIA EL CENTRO DEL MUNDO. Foto por Amílcar Moretti.

 

Hacia el centro del mundo. Foto de Amílcar Moretti. Modelo, Brunna Drummond, de San Pablo, Brasil. 28 de febrero del 2011. Argentina.

 
         

          Hay un camino hacia el Centro del Mundo. Al menos, en la plástica. En lo que llamamos Real Varón-Mujer, la senda acaso sea otra. Sabido en cambio en artes plásticas, primero que todo, que las cosas acudieron a la relevancia y el escondite con Gustave Courbet (1819, Francia; 1877, Suiza).  Y más tarde, a su modo, con Marcel Duchamp (Francia, 1887-1968), mientras estuvo en Nueva York, antes de permanecer un tiempo en Buenos Aires, allá por la Primera Guerra Mundial, la del 14 del siglo pasado.
           Concibieron sus “El Origen del Mundo” (título aplicado por el primero de los dos artistas franceses) como formas en supuesto inquietante -para muchos todavía- de la vulva pilosa de una mujer. Con un largo plano así otro francés, Bruno Dumont, vuelve a impactar en el inicio de su película “La humanidad”, de 1999. Dicen que Dumont es un cineasta hobbesiano, por esa ligereza -o confirmación- de que el hombre es el lobo del hombre, lo cual no es del todo así, pero convoca al pensamiento a pensar que es cierto, y lo peor, no importarle a nadie. Pocos van a comprobar si Hobbes dijo tal cosa con dicho significado antropófago o genocida, y luego salen a aullar como en el grito de Munch.
         Courbet concibió y muestra el tercio central de un cuerpo de mujer, y en primer lugar la concha, su parte externa, no la vagina, no el pubis afeitado-depilado al estilo incestuoso Playboy, desodorización y puritanismo, paja y abstinencia. Courbet muestra una dama carnal, no nacarada y lisa, no fotoshopeada ni quirúrgica para modificar (¿hacerla más linda? ¿más armoniosa?) la protuberancia bilengual de la vulva. Esas flores de Georgia O´Keeffe, de la granja puritana de Wisconsin (USA), hoy todos saben (menos muchísimos menemistas brutos y adinerados) que la viejecita las pintaba pero no eran más que la reproducción incontable de otras tantas incontables conchas y conchitas. Y las exponía sin problemas, porque ella no decía lo que eran, o sí lo decía. Decía que eran flores. Pero eran vaginas, vulvas que se abren. Y la señorita y señorona se reiría de tanta brutez y pajueranismo, que los hay sin plata y con mucha plata. Conchas, nada más que conchas. Para mí, el camino hacia El Centro del Mundo (1).

Escrito por AMILCAR MORETTI, viernes 8 de abril 2011. Argentina, a 60 kms. de Buenos Aires. La modelo de la foto es Brunna Drummont, de Brasil y en Argentina, inteligente, perceptiva y bella.

(1) En el 2001, el cineasta hongkonés californiano Wayne Wang, con Paul Auster, la esposa de este y otros gionistas, filmó “The Center of de World”, conocida en Argentina sólo en devedé con la traducción del original, “El centro del mundo”. El centro de mundo es Ella, la concha, la interioridad mujeril, la forma de llegar a su centro, la biologización de la profundidad espiritual misteriosa de la mujer, o bien la simbolización imaginaria y paranoica de una simple biología-anatomía que no esconde nada salvo la visible ausencia de pene-pija-falo, según -más o menos- el maestro Freud, también se sabe. Pero, no todo es tan simple en esta película calenturienta, como su (o sus dos) personaje (s) lo saben o se dan cuenta. Dice un crítico de cine: “Desde las primeras escenas se percibe entre Richard y Florence una extraña distancia, y la razón de ésta se devela mediante una serie de flashbacks en blanco y negro. Ambos se conocieron casualmente en un bar y más tarde volvieron a verse en el club nocturno. Allí, ella trabaja como stripper, haciendo uno de esos shows ultracalenturientos en los que las chicas se retuercen y se frotan, semidesnudas, contra parroquianos obligados a mantener las manos quietas. Richard hace a Florence una “proposición indecente”, cuya única diferencia con aquella de Robert Redford a Demi Moore reside en el monto: 10 mil dólares, a cambio de un fin de semana erótico. Florence acepta, pero sólo bajo un férreo pliego de condiciones, que veta besos y penetraciones, y prescribe un horario estricto para sus encuentros sexuales. “Es una actuación”, le aclara la chica a su cliente, y a ello se atiene durante los dos primeros días, desplegando ante el pobre muchacho una artillería erótica de lencería íntima y ondulaciones, que lo deja retorciéndose de dolor sobre la alfombra.” Sigue: “Como en esas películas en las que dos espías empiezan manipulándose y terminan enamorándose, a partir de la tercera noche no se le hará fácil a Florence mantener su rígida ética profesional. El centro del mundo del que habla el título admite distintos sentidos, según quién lo vea. Para Richard, ese ombligo es Internet. Para Florence, se trata lisa y llanamente de la vagina (…). A su turno, los guionistas sugieren que el centro del mundo –un mundo que ya es pura representación y simulacro– podría ser Las Vegas, una Disneylandia para adultos donde es posible toparse, en pocas cuadras, con réplicas del puente de Brooklyn, Babilonia, la torre Eiffel o los canales venecianos. Con esta ciudad-espejismo como marco y emblema, Richard y Florence se entregarán a una representación codificada de la sexualidad (ligas, medias caladas, lencería negra y gemiditos de clubnocturno) para terminar jugando al juego de la verdad entre tanta impostura. Con la sexy Carla Gugino (a quien Brian De Palma dedicara el más lúbrico de sus planos cenitales en Ojos de serpiente) terciando entre ambos.”
(Horacio Bernades, http://www.pagina12.com.ar/diario/videos/14-18417-2003-04-08.html).

Ella, Molly Parker, sobre él (no tocar), el pobre Peter Sarsgard. La película de Wayne Wang y Pausl Auster "El centro del mundo" (2001).

 

 

3 comentarios hacia “HACIA EL CENTRO DEL MUNDO. Foto por Amílcar Moretti.”

    • Sí, tal vez sea eso: olas, olas, digo.
      Olas que te llevan, te traen, te acercan te alejan, nadar hacia la orilla o sumergirse hasta la profundidad, y allí acabar. ¿Y hacer la plancha? Sí, la plancha ¿en las olas? Surf, surfing, acariciarlas suavemente y con destreza, fundido en la superficie pero bien adentro. Ola, olas.

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