formas, volúmenes, piedras y densidades de Mujer que pulen el tiempo y el agua (fotos de Karen por amílcar moretti)
Foto por Amílcar Moretti, set. 2012.
Uno de los célebres desnudos del británico Bill Brandt (1904-1983), maestro de la fotografía mundial, que ha ejercido notoria incidencia desde la segunda mitad del siglo 20. Gran retratista de la realidad social urbana callejera de Londres y Gran Bretaña, pero también un paisajista y retratista así como observador fuera de lo común de la figura femenina desnuda. Sus fotos se distinguen por el uso de la lente gran angular, que produce cierta deformación visual y una gran profundidad de campo. En cierta medida, en este aspecto, coincide con el cineasta Orson Welles que trabajó así con su fotógrafo Gregg Toland en el clásico de clásicos: “El ciudadano” (1941).
Foto por Amílcar Moretti, set. 2012
Escribe
AMÍLCAR MORETTI
Viernes 14 setiembre 2012, madrugada.
No busco sobredimensionar la figura femenina en desnudez. El nombre de Bill Brandt, por lo demás, me surgió semanas después de haber fotografiado a Karen La
Vikinga, un personaje de Buenos Aires Ciudad. Es cómodo el gran angular y suelo usarlo, permite por añadidura trabajar en espacio reducidos, como suelo hacer. No busco deformar ni me interesa de por sí demasiado la gran profundidad de campo. Me atraen sí los detalles del cuerpo de mujer.
Hace poco Milo Manara, el eximio dibujante erótico de chicas inimitables y de ilusión, confesó que “lo más más difícil de dibujar en una mujer desnuda es la mirada”. Coincido con Manara, en el mismo orden, me interesan sobre todo las manos y los pies, los detalles en el cuerpo de una bella muchacha desnuda. La encuadro, la contextualizo, pero en rigor al final me atraen partes, secciones, fragmentos. Suelo decirles en broma a las modelos que las fracciono, lo cual enojaría mucho a las feministas, pienso, y les digo, también. La mayoría no le da importancia. Ellas -las modelos desnudas- quieren que fotografíen, trozados o no, orgullosas, sus cuerpos desnudos. Ellas -las feministas- siempre critican que los varones dividen en partes a las mujeres: pecho, nalgas, piernas, vientre, muslos… Por otra parte, no se me escapa que pies y manos son grandes acontecimientos de la mirada voyeur y fetiche que encarna en sus productos el registrador dedicado a mirar y admirar el cuerpo femenino.
Me interesan las formas, los volúmenes carnales de lo femenino y el modo en que la luz incide sobre los mismos, e introduce cambios -según la hora del día y la estación del año- a veces inesperados. No son pocas las veces que advierto lo registrado una vez con el producto ante mis ojos, en ocasiones semanas después: al mirar las imágenes descubro detalles o estructuraciones que no advertí al momento de tomar la foto. Siempre les repito también a las modelos que evito mirar de modo directo su corporalidad desprovista de ropas -lo cual dudo si es beneficioso a los efectos fotográficos-. De modo único miro a la mujer, en ese momento, a través del objetivo de la cámara. Al fin y al cabo, la máquina ha de registrar no lo que yo vea antes de mirar a su través sino lo que ella vea cuando encuadro con el objetivo, y allí, por añadidura, es que la “máquina” adquiere vida y “actúa por sí sola” mediante el registro de detalles o totalidades que yo, consciente, no percibí en su momento. ¿Casualidad? No, producto de la búsqueda, de la exploración, de la repetición de una pregunta que se plantea en el mismo escenario y en la figura de mujer, con la vanidad de encontrar una respuesta gráfica, fotográfica.
Si hay algo que representa a la Mujer es la redondez, lo esférico, lo curvo, lo barroco, lo sinuoso, las ondulaciones, la suavidad de los médanos, el remanso del agua apenas movida por el viento cuando llega a la playa, las dunas. La Mujer es volumen, carnalidad, es eminentemente corpórea, no en vano muchas religiones la ubican como fuente de tentación y del efecto pecaminoso. La carnalidad-mujer es lo que contrarresta el poder del macho, por eso es que éste, en debilidad, la explota, la brutaliza, la esclaviza, la somete a la violencia. La sumisión como juego puede ser un artificio y refinamiento del amor de los cuerpos, una ornamentación celebratoria y festiva amoroso-sexual. La sumisión como ejercicio de dominación y doblegamiento del el Otro Mujer es la respuesta de furia ante la superioridad incomprensible del valor Sexual (con mayúscula, como tesoro, a veces desaprovechado en materia de placer por la misma portadora) de la Mujer.

Foto por Amílcar Moretti, set. 2012.
Por Amílcar Moretti
Milo Manara y Klimt, juntos













