anoche soñé con la muerte. (Enmayado de Mayo: “centro de un niño en un cuarto sin luz”). Textos y foto en blanco y negro por AMÍLCAR MORETTI.

Escrito por

AMÍLCAR MORETTI

 

 

 

          Anoche soñé con la Muerte. Anteanoche soñé con la Muerte. En serio, no te rías. No es para llorar porque no fue feo, pero no te rías, esperá que te cuente. ¿Cómo fue? Debe haber sido, digo, porque estuve escribiendo sobre la Parca. Y después por eso de los chicotazos que ya te comenté, que pegan cerca cerca, no sé si viste, en estos últimos días, en estos últimos tiempos. Son chicotazos, digo yo, porque suenan cerca como balas que rebotan por ahí nomás. El chicote, claro, es un látigo y el golpe que da suena como un chicotazo, como que saca chispas y duele. Sonido acerado. ¿Respinga, se dice? No, creo que no. ¿Los chicotazos respingan? A mí no me dolió que soñé con la Muerte. No que me moría, no, que soñé con ella, creo que por primera vez. Cuando era chico, pibe y no tanto, cuando lo escuchaba a mi viejo que se daba vuelta en la cama con mi mamá, rezaba para que mi viejo no se muriera. Muchas veces. Tenía miedo que se muriera. Después, no. Murió al lado mío, a medio metro, mientras hablaba con el médico, viejo amigo de mi viejo. 

               Esperá que ahora la sigo. ¿Viste que a la Muerte se la imagina de diferentes formas, en general como Mujer? ¿Viste? Como si la Muerte fuese femenina. Se la imagina mucho como Vieja, como mujer vieja. Freud dice en “La lección del cofrecillo” que en el folklore y la literatura -supongo que desde siempre- la mujer es representada como elección posible del hombre en su triple carácter: la Mujer como Madre protectora, como Mujer Sensual, y la Mujer como Apacible y Muda Muerte. Así que para Freud hay una relación entre muerte y mujer. ¿Viste que culto que estoy?

            Bergman no la sonó así: para Bergman en la película es como fraile con toga negra y que a veces, no sé si siempre, te  permite jugarle al ajedrez, como para entretenerse un poco, para demorarte, o simplemente para jugar, no sé. Tal vez para gozarte porque sabe que te va a ganar siempre, o tal vez de pura aburrida que está. ¿Sabés hacer siempre el mismo trabajo, hacer siempre lo mismo, por miles de años, decenas de miles? Debe ser el recontrahastío. Porque la Muerte se inventó con el Hombre.

         Pero hay otras películas en las que sí es mujer: en la de Bob Fosse es una mujer bella y sensual, agradable y delicada, suave, como era Jessica Lange hace muchos años. ¡Imaginate, Jessica Lange la Muerte! Fellini la pone como una pibita rubia, que mira medio de costado y con el rostro  mitad tapado por el cabello. Tiene una pelota blanca, que creo te la tira para que vos juegues, imagino que para que la patees o vayas a buscarla, te la tira y si te metés en el juego,  sonaste. Lo volví a ver hace poco, en iutú, en un fragmento de Toby Dammit, el cuento de Poe que filmó Fellini hace años.

          Soñé con la muerte. Caminaba alrededor mío, daba vueltas, así empezó el sueño, y que ahora que te cuento no sé si lo soñé o lo imaginé. O lo imaginé soñando, medio despierto y medio dormido cuando ya la claridad me daba en la cara. Había escrito de la Parca como a las cuatro de la madrugada y quizás me quedó en la cabeza. La Muerte me caminaba alrededor, pero yo no tenía miedo. No me daba miedo, ¿viste que uno tiene miedo cuando no está seguro? No es que sea remacho, no, solo que no sentía miedo.

            La mujer me daba vueltas y rengueaba. Tenía una pierna lastimada. Me miraba para que yo la mirara. No me hacía el boludo, no la había visto. Cuando me dí cuenta que estaba allí, la miré, de a poco, sin mucha insistencia, por las dudas. Como dudas pero no miedo. No me asustó. Por ay la muerte no te da miedo si viene sin dolor, o no te da miedo si hay mucho dolor y entonces querés que venga y se acabe todo. No sé, digo. Ví enseguida que estaba lastimada en una pierna. No sé si estaba enyesada, creo que no. Era una mujer grande, mayor pero no muy vieja, me parece, y creo que tenía como una túnica, pero no estoy seguro, creo que esto lo imáginé después y no estaba claro en el sueño o no me fijé bien. No me importaba cómo estaba vestida, me interesaba que me había dado cuenta de quién era. Me llamaba la atención que rengueara.

                 Me miraba, y medio creo que como que se sonreía suave, apenas. Entonces, mientras yo me enderecé y la miraba también ya medio como si fuera joda, ella me habló. O habló. Creo que me habló a mí. Me dijo: “Pronto me curo”. O “Me voy a curar pronto”. Yo asentí en silencio, no le dije nada y moví un poco la cabeza de arriba abajo. Como si le dijera que sí, para no llevarle la contra, y además mucho no me importaba si se le iba a curar la pierna pronto o dentro de mucho.

              Pero no era una Mujer cualquiera, que no conocía: era la Muerte. O la Muerte era como Mujer, era Mujer. Entonces por ay le dije suave que sí porque no quería disgustar a la Muerte, como para no llamarle la atención aunque era notable que me miraba a mí. No había otro. No sé, como un boludo debo haber pensado que venía de vuelta o pasaba por ahí por casualidad, no por mí. Pero también sabía que la hija de puta daba vueltas por mí. Como que me avisaba. No me asusté ni sentí miedo. Bueno, me había dado cuenta que Ella no podía esa vez, por la pierna lastimada, rengueaba, no podía, cómo iba a llevarme, no podía. No sé cómo te lleva, pero no podía esa vez. Ahora ¡qué hija de puta, ¿no?! No llevarte pero venir a avisarte que cuando se cure te viene a buscar. ¡Bien hija de puta! Pero no me dio miedo. Asentí y un poco me sonreí, como confirmando, amable.

           ¿Y sabés qué? Ahora me doy cuenta que yo estaba tranquilo porque me dí cuenta que ella se equivocaba. Me dí cuenta de que no se le iba a curar rápido la pierna. No le ví la lastimadura pero por la forma de renguear estaba seguro que no se iba a sanar rápido como ella decía. Le iba a costar, le iba llevar mucho tiempo. No sé si ella se engañaba o se equivocaba. ¿Cómo te explico? Por un momento me pareció que ella sabía que no se le iba a curar rápido. Después dudé si era así. No sé. ¿Qué se yo? O si tal vez se mentía a sí misma, ella ahí sin  darse cuenta, parecido a como cuando la gente le resta importancia delante de otro a algo grave que le pasa, esas boludeces que hace la gente para que el otro no te subestime.  Se está muriendo y dice ¡No, estoy perfecto, mejor imposible! Esa boludez. Puede ser, no sé. La Muerte puede sentir lo mismo que nosotros.

          Pero yo sabía que no se le iba a curar rápido. Estaba tranquilo. Ahora que te cuento, estoy tranquilo. También. Claro, ahora porque fue un sueño, me parece. Va a venir, sí, pero le va a costar curarse. A menos que mande a otros, los del apocalipsis y los jinetes y esas cosas. Que te caguen matando o te cagues muriendo sin verla a Ella, sin darte cuenta siquiera. Puede ser. Pero en ese caso no te avisan: te los mandan a los jinetes y listo, cuando te das cuenta ya sos fiambre.

                  Ahora, ¿¡qué boluda y también qué hija de Puta, la Muerte!? ¿Con qué necesidad me viene a renguear? Si no yo sabía nada, si estaba sana o lastimada. Podía pensar que iba a venir en cualquier momento bien sanita. Pero vino y se puso en evidencia. O pasó por allí y me tiró el paquete, para joderme. ¡Qué hija de puta, entonces! Es como reforzarte lo jodido que ya sabés. Eso de hija de puta, nada más. Perversa. Ahí la Muerte mostró un lado feo, humano: Perversa. Al pedo, gratuito. Si es así no la dignifica lo que hizo. Pero no sé, qué se yo. Son cosas que se me ocurren. Por ahí interpreto demasiado. Sobreinterpreto, como dicen los psicoanalistas. La paranoia, ¿viste? ¡Pero soñé con la Muerte! ¿¡Qué tal?! 

Madrugada del jueves 3 de mayo 2012. Argentina, La Plata (a 60 kms. de Buenos Aires)

 

 

 

 

                Foto por AMÍLCAR MORETTI, 2011. 

 

 

(la imagen fue tomada con película color Kodak 400 ISO-ASA Ultramax, posteriormente escaneada para su procesamiento en blanco y negro digitalizado)

 

 

 

CUANDO LA PENDEJA ASESINA DE UN TIRO A MARLON BRANDO EN EL BALCÓN (LA OTRA MIRADA, UNA SEGUNDA, TAMBIÉN).  (por Amílcar Moretti)

              A mí, la Muerte, si es Mujer, se me representa como Una que baila tango, con profundo tajo en la pollera, tocones bien altos y medias negras. Vestido de satén o raso también negro. Es la funebridad del sexo, de la sexualidad activa, corporal y de fluidos, aclaro. Intercambio de transpiraciones y líquidos con el sabor irrepetible de cada uno, fundidos y clavados hasta el despertar, que puede ser en otro lado, quién sabe. 

 

             La Bailarina de Tango es mejor que nadie la recreación en escenario de la Muerte-Mujer o la Mujer-Muerte. Como el reposo del guerrero, para decirlo como  Francois Sagan en su antigua novela. Es la Muerte del Hombre, del varón, digo. Se mete en la gruta y se extingue. Se desvanece en el lazo boa constricción de las piernas de mujer con medias negras, o, más claro aún, de red que terminan en tacos puñales. El ritual del amor en la unión de los cuerpos es el ceremonial que llama a la Muerte, la muerte del varón en su orgasmo único, o casi. Desfallece el guerrero, y pueden en su ensueño cortarle el pelo, o castrarlo o clavarle la daga bien dentro de la garganta, indefenso en su triunfo de posesión.

           El tipo queda vencido, siempre, de antemano; por eso muchas veces escapa del escenario; es que, si sale vivo, ya no puede dar nada, queda  desmaculinizado en lo genital que él supone su base, queda desporongado. Las Minas dicen que dicen, pero no les conforma el macho desporongado. Por eso la pendeja lo mata a Marlon Brando en el balcón y después, con indiferencia, niega conocerlo (“Último tango en París”).

 

            Creo haber leído -por aquí es lo mismo (o mejor) que lo haya imaginado, porque así sería propio mío-, repito, he leído aquello del caballero medieval que vuelve de la conquista o reconquista, de las cruzadas diabólicas contra el sarraceno. Meses y años de cabalgata y sangre, entre el polvo y el estiércol, con la coraza tan pesada como su impiedad. El Macho frente a la Mina Muerte del Tango en Danza es como los frany (1), que así llamaban los refinados sultanes, turcos y musulmanes de Constantinopla a los mercenarios de pesadas armaduras y cosidas a la espalda, tiras de tela en forma de cruz.

            Feroces, los frany, guerreros del 1096 casi nómades y especialistas en conquistas y pillajes. Los acompañan hordas de mujeres, niños y ancianos harapientos que saquean a su paso todo lo que encuentran. Llevan la cruz sus guerreros pero las decenas de miles de harapientos roban y queman cosechas y hasta algunas iglesias griegas y, cuentan, también a niños de corta edad.  

 

           Si tienen su tierra y su castillo, los más poderosos al regresar después de años son consolados por sus esposas. Acostumbrados a violar mujeres se lanzan sobre la esposa de manera furiosa, y ella los recibe, sagaz. El guerrero trae riquezas, robadas a pueblos de pobres desgraciados, no se sabe, no preguntan las señoras del tango medieval. El guerrero en segundos se derrumba, se rinde, se entrega, es acabado, acaba. No queda nada de él. Es bestia infradotada y ya sin fuerza. Una sola simiente que recibe la Señora lo diluye, lo acaba del todo.

           La Mujer Tango Muerte es la única que lo doblega y lo vence, lo deja a su merced. Le abre sus piernas, lo deja entrar, lo entrelaza en sus muslos y siente como todo el edificio se derrumba tras pocos movimientos. El Reposo del Guerrero. Con suerte, si no muere esa noche o, indigente, la siguiente,   en pocos meses estará en otras tierras por años, y la Dama quedará sola a la espera del Caballero, el frany camino a Constantinopla. Hoy, siempre, se repite la misma historia. Son las hembras danzarinas, bacantes del tango voluptuoso de Muerte, las únicas que, cuando los dejan entrar, acaban entre sus piernas letales y dentro de su vientre con lo más bárbaro y primitivo del peligroso y aberrante difunto.  A veces, no pocas, lo calman y acarician para que de nuevo salgan a la rapiña que sostiene el castillo.

 

 

(1) “La invasión (1096-1100)”, de Amín Maalouf, novelista histórico libanés que se radicó en París en 1975. Alianza Editorial, Madrid, 1994)

 

 

 

 

(de uno de los espectáculos de tango de la bailarina Milena Plebs)

UN DÍA

Un día de mayo moriré.

Decirlo me limpia de morir,

tan enmayado, tan error y el peso

de amar el envés de la vida.

Siempre seré lo que seré,

centro de un niño

en un cuarto sin luz.

 

(Juan Gelman, del libro de poemas “País que fue será”)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

3 comentarios hacia “anoche soñé con la muerte. (Enmayado de Mayo: “centro de un niño en un cuarto sin luz”). Textos y foto en blanco y negro por AMÍLCAR MORETTI.”

  1. Bello poema de Gelman, bonita música; la vida y la muerte, la danza, el sueño… tus palabras.

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